miércoles, 26 de septiembre de 2012


Fuego:
el núcleo duro, brillante.
La pulpa de la madera
se incandesce,
el hueso se demacra,
el hierro brilla
y se torna maleable.
El plomo lagrimea;
Al resplandor
Engordan los sueños
Y el cansancio se consume.

Todo lo puede
el corazón brillante
señor de calor y vida
y destrucción.
Nada se le opone.

Ahí nacieron los dioses
y los narradores.


                                         John Doe




Yo sé que no es fácil
querer
a los cincuenta
a los sesenta.
Aunque uno se mienta
los años que trae.

Es un querer de aliento corto,
como patio de corredor
de apartamentos,
porque  ya no queda lugar
para acomodar otra maceta.

A lo sumo, con dolor,
cambiar el aparador
para la pared más seca,
pero cambiar el corazón
como se da vuelta un colchón
es cosa seria,
porque la vida vivida
se enquista
en las articulaciones
y en algún cajón de amargura
en el fondo del ropero;


cuando no se quiere adivinar,
y vivir es como caminar
pisando baldosas flojas
por una vereda cualquiera
de Montevideo.

                           John Doe

lunes, 17 de septiembre de 2012

En el bosque[Cuento. Texto completo]

Ryunosuke Akutagawa  (¡¡MAESTRO!!)
Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun1, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte... (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podía hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?...»
Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...
FIN

La bolsa-maletín                          Algernon Blackwood

[Cuento. Texto completo]


Cuando la palabra "inocente" resonó a lo largo de la concurrida sala de justicia aquella oscura tarde decembrina, Arthur Wilbraham, el notable abogado criminalista y líder de los defensores jurídicos, estaba representado por su subalterno; sin embargo, Johnson, su secretario privado, llevó el veredicto a su despacho con la rapidez del rayo.
-Creo que eso era lo que esperábamos -dijo el abogado, sin mostrar emoción-. Y, personalmente, me alegro de que haya terminado el caso.
No había ninguna señal particular de alegría ante el hecho de que la defensa de John Turk, el asesino que alegaba demencia, resultara exitosa, ya que indudablemente consideraba, como todos los que habían seguido el caso, que ningún hombre había merecido tanto la horca como Turk.
-Yo también me alegro -dijo Johnson, quien había asistido a la corte durante diez días, observando el rostro del hombre que había llevado a cabo uno de los asesinatos a sangre fría más brutales de los años recientes.
El abogado miró a su secretario. Eran mucho más que patrón y empleado; debido a relaciones familiares y muchos otros motivos, eran además muy amigos.
-Ahora que lo recuerdo -dijo, con una bondadosa sonrisa- ¿quieres irte para Navidad? Vas a patinar y a esquiar en los Alpes, ¿no es cierto? Si tuviera tu edad, te acompañaría.
Johnson sonrió. Era un joven de veintiséis años con facciones finas.
-Podré tomar el barco de la mañana -dijo-, pero esa no es la razón por la cual me alegro de que haya terminado el juicio, sino porque no volveré a ver el espantoso rostro de ese hombre. Indudablemente, me persiguió. Esa tez blanca, con el cabello negro cepillado bajo la frente, es algo que nunca olvidaré, y su descripción de la forma en que el cadáver desmembrado fue empacado con cal en ese...
-No pienses en ello, mi querido amigo -interrumpió el abogado, mirándolo con curiosidad a través de sus penetrantes ojos-, no pienses en ello. Esas imágenes suelen regresar cuando uno menos lo desea -se detuvo un momento-. Ahora vete -añadió-, y disfruta de tus vacaciones. Voy a necesitar toda tu energía para mi trabajo parlamentario cuando regreses. Y ten cuidado, no quiero que te rompas el cuello esquiando.
Johnson le dio la mano y se despidió. Ya en la puerta se volteó súbitamente.
-Sabía que olvidaba algo... ¿No le importaría prestarme una de sus bolsas-maletín? Es demasiado tarde para comprar una esta noche y mañana saldré antes de que abran las tiendas.
-Por supuesto; en cuanto llegue a casa te la mandaré a tu cuarto con Henry.
-Le prometo cuidarla -aseguró Johnson con gratitud, encantado al pensar que en treinta horas se estaría acercando al brillante sol de los elevados Alpes en el invierno. El recuerdo de aquel tribunal de criminales era como una pesadilla para él.
Johnson cenó en su club y se dirigió a Bloomsbury, donde ocupaba un piso de una de esas viejas casonas desoladas donde los cuartos son muy amplios y altos. El piso abajo del suyo estaba vacío y sin muebles y debajo de ése había otros inquilinos a quienes no conocía. Era una casa triste, y él ansiaba un cambio con todo el corazón. La noche era más triste aún: el clima era inclemente y había poca gente en la calle. Una lluvia fría de aguanieve barría las calles ante el viento oriental más fuerte que él había sentido. El viento aullaba tristemente entre las enormes casas lúgubres de las grandes plazas. Cuando llegó a su habitación escuchó el viento silbando arriba de aquel mundo de techos negros más allá de sus ventanas.
En el corredor se encontró con su casera, que tapaba con su delgada mano una vela para protegerla de la corriente.
-Esto llegó con un mensajero de parte del señor Willbraham -le dijo la mujer señalando a lo que evidentemente era la bolsa-maletín, y Johnson le dio las gracias.
-Mañana saldré al extranjero durante diez días, señora Monks –le informó-. Dejaré una dirección para las cartas que me lleguen.
-Espero que pase una feliz Navidad, señor -le deseó la mujer, con una voz ronca y jadeante que sugería que había estado bebiendo-, y que tenga mejor clima que éste.
-Yo también así lo espero -contestó el inquilino, temblando de frío.
Al subir, escuchó el aguanieve golpeando contra las ventanas. Puso la cafetera en la lumbre para prepararse una taza de café bien caliente y luego empezó a poner sus cosas en orden para el viaje.
-Y ahora, debo empacar -se dijo a sí mismo, riendo-... para lo mucho que yo empaco.
Le gustaba empacar, ya que al hacerlo recordaba vívidamente las montañas cubiertas de nieve y lograba olvidar las desagradables escenas de los últimos diez días. Además, la empacada en sí no era complicada. Su amigo le había prestado precisamente lo que necesitaba: una resistente bolsa-maletín de lona, en forma de saco, con agujeros en el cuello para la barra de latón y el candado. Ciertamente, no tenía forma y no era muy bonita, pero su capacidad era ilimitada y no había necesidad de empacar con cuidado. Metió su impermeable, su sombrero de piel y sus guantes, los patines y las botas de alpinista, los suéteres, las botas de nieve y las orejeras. Luego, encima de todo esto, apiló sus camisas y ropa interior de lana, los calcetines gruesos, pantalones de vestir y pantalones bombachos. En seguida metió el traje de vestir, en caso de que la gente del hotel se vistiera formalmente para cenar. Luego, pensando en la mejor forma de empacar sus camisas blancas, se detuvo un momento para reflexionar.
-Eso es lo peor de estas bolsas-maletín -pensó vagamente, parado en el centro de la sala, adonde había llegado para buscar un cordón.
Eran más de las diez de la noche. Una fuerte ráfaga de viento movió las ventanas, como para apresurarlo, y Johnson pensó con compasión en los pobres londinenses que pasarían la Navidad bajo un clima tan inclemente, mientras que él se encontraría deslizándose por las nevadas pendientes bajo el sol, y bailando en las noches con muchachas de mejillas sonrosadas. ¡Ah! Entonces recordó que debía llevar sus zapatos de baile y sus calcetines de noche. Atravesó la sala para llegar al armario en el descanso de la escalera donde guardaba su ropa.
En ese momento escuchó a alguien subiendo suavemente la escalera. Se detuvo un momento en el descanso, tratando de escuchar. Pensó que eran los pasos de la señora Monks; seguramente estaba subiendo con el último correo. Pero los pasos cesaron súbitamente; consideró que estaban cuando menos dos pisos abajo, y Johnson llegó a la conclusión de que eran demasiado pesados para ser los de su casera bebedora. Indudablemente, debían ser los pasos de algún inquilino que llegaba tarde y se había equivocado de piso. Olvidando el asunto, Johnson entró a su alcoba y empacó sus zapatos y camisas de vestir de la mejor manera posible.
Para entonces, la bolsa-maletín estaba llena en dos terceras partes y estaba parada sobre su propia base como un saco de harina. Por primera vez, Johnson notó que la bolsa-maletín era vieja y estaba sucia; la lona estaba desgastada y desteñida y era evidente que había sido sometida a un tratamiento bastante rudo. No era una bolsa muy atractiva; ciertamente, no era nueva, ni una bolsa que apreciara su jefe. Johnson pensó en ello de una manera pasajera y prosiguió empacando. No obstante, en una o dos ocasiones se preguntó quién pudo haber estado caminando abajo, ya que la señora Monks no había subido con cartas y el piso estaba vacío y sin muebles. Además, de vez en cuando estaba casi seguro de haber oído una pisada suave de alguien caminando sobre la madera desnuda, cautelosa, furtivamente, de la manera más silenciosa posible y, además, que poco a poco aquel ruido se acercaba cada vez más.
Por primera vez en su vida, Johnson empezó a asustarse. Luego, para acentuar esta sensación, ocurrió algo extraño: al salir de la alcoba después de empacar sus recalcitrantes camisas blancas, notó que la parte superior de la bolsa-maletín se inclinaba hacia él, con un extraordinario parecido a un rostro humano. La lona se dobló como una nariz y una frente y los anillos de latón para el candado llenaban justamente la posición de los ojos. Una sombra... ¿o era una mancha de viaje?... no podía decirlo con exactitud, pero parecía el cabello. Esto impresionó a Johnson, ya que se parecía de una manera absurda, intolerante, al rostro de John Turk, el asesino.
Repentinamente Johnson soltó una carcajada y se dirigió a la sala, donde la luz era más fuerte.
"Ese horrible caso me tiene loco", pensó. "Estaré feliz con el cambio de escenario y de aire." Sin embargo, en la sala no le agradó escuchar de nuevo aquella pisada furtiva en la escalera, comprendiendo que cada vez se acercaba más y que, indudablemente, era real. Y, en esta ocasión, se levantó y se asomó para ver quién podía estar deslizándose por la escalera de arriba a una hora tan avanzada.
Pero el ruido cesó: no había nadie visible en la escalera. Johnson bajó un piso con bastante aprensión y encendió la luz eléctrica para asegurarse de que no había nadie escondiéndose en los cuartos vacíos del departamento que no estaba ocupado. No había un solo mueble que fuera suficientemente grande para ocultar quizá a un perro. Luego, Johnson se asomó por la barandilla y llamó a la señora Monks, pero no obtuvo respuesta y su voz resonó en un eco a través de la oscura bóveda de la casa y se perdió en el aullido de la ventisca en la calle. Todos estaban en cama y dormidos, todos menos él y el causante de aquella pisada suave y furtiva.
"Supongo que se trata de mi ridícula imaginación", pensó. "Después de todo, debe haber sido el viento, aunque pareció estar muy cerca y muy real". Ya para entonces era cerca de la medianoche. Johnson bebió su café y encendió otra pipa, la última antes de acostarse.
Es difícil precisar con exactitud en qué punto comienza el miedo, cuándo las causas del temor no son claras. Las impresiones se acumulan en la superficie de la mente, película por película, como el hielo se acumula en la superficie de las aguas quietas, pero a menudo de una forma tan ligera que la conciencia no las reconoce. Luego, se llega a un punto donde las impresiones acumuladas se convierten en una emoción definitiva y la mente comprende que algo ha ocurrido. Saltando un poco, Johnson de pronto reconoció que estaba nervioso, extrañamente nervioso; asimismo, reconoció que desde hacía un rato las causas de esta sensación se habían estado acumulando lentamente en su mente, pero que apenas había llegado al punto donde estaba obligado a reconocerlas.
Era un curioso y singular malestar el que lo dominaba y no pudo comprenderlo. Sintió como si estuviera haciendo algo a lo que otra persona objetaba con vehemencia; más aún, otra persona que tenía el derecho de objetar. Era una sensación molesta y desagradable, parecida a los persistentes avisos de la conciencia: de hecho, como si estuviera haciendo algo que él sabía era incorrecto. Sin embargo, aunque Johnson examinó su conciencia vigorosa y honestamente, no podía decir, a ciencia cierta, cuál era el secreto de su creciente inquietud y esto lo desconcertaba. Más aún, lo afligía y asustaba.
"Supongo que sólo son mis nervios", dijo Johnson en voz alta con una risita forzada. "El aire de las montañas me curará de todo esto. Ah -añadió, hablando solo aún- eso me recuerda mis anteojos para la nieve".
Johnson estaba parado junto a la puerta de la alcoba durante este breve monólogo, y al pasar rápidamente hacia la sala para tomar los lentes del armario, con el rabillo del ojo vio el vago contorno de una figura parada en la escalera a una corta distancia de la parte superior. Era alguien que estaba en posición agachada, con una mano en la barandilla y el rostro asomándose hacia arriba, hacia el descanso. Y, al mismo tiempo, oyó una pisada: La persona que había estado caminando furtivamente abajo todo este tiempo por fin subió a su piso. ¿Quién podía ser? ¿Y qué querría?
Johnson contuvo la respiración bruscamente y se quedó quieto. Luego, tras unos segundos de titubeo, se armó de valor y se volteó para investigar. Ante su asombro, observó que la escalera estaba vacía; no había nadie. Sintió una serie de escalofríos y los músculos de sus piernas se debilitaron. Durante un lapso de varios minutos, Johnson se asomó con firmeza a las sombras que se congregaban arriba de la escalera donde él había visto la figura; luego, comenzó a caminar aprisa, de hecho, casi corrió hasta llegar a la luz de la sala; sin embargo, apenas había pasado por la puerta cuando escuchó a alguien subiendo por la escalera detrás de él rápidamente y entrando a su alcoba. Era una pisada fuerte, pero a la vez furtiva, la pisada de alguien que no quería ser visto. Y, en ese preciso momento, el nerviosismo que Johnson había sentido antes excedió sus límites y entró en estado de pánico, de un miedo agudo, irracional. Antes de convertirse en terror, sería necesario cruzar otra frontera y más allá estaba la región del horror puro. La posición de Johnson no era nada envidiable.
"¡Caramba! Entonces sí había alguien en la escalera", murmuró, mientras la piel se le erizaba. "Y, quienquiera que haya sido, ahora entró a mi alcoba". El delicado rostro pálido de Johnson se tornó absolutamente blanco y, durante algunos minutos, no supo qué pensar ni qué hacer. Comprendió intuitivamente que la demora sólo agravaría el miedo, así que cruzó por el descanso con audacia. Entró en la otra habitación donde habían desaparecido las pisadas apenas unos segundos antes.
-¿Quién está allí? ¿Es usted, señora Monks? -llamó en voz alta, mientras caminaba y oyó la primera mitad de sus palabras resonar en un eco hacia abajo, por la escalera vacía, mientras que la segunda mitad cayó muda contra las cortinas en una habitación que aparentemente no tenía otra figura humana salvo la suya.
"¿Quién anda ahí?", preguntó Johnson una vez más, con una voz innecesariamente fuerte y apenas firme. "¿Qué desea aquí?"
Las cortinas se movieron un poco y, al verlas, pareció que su corazón dejó de latir un momento; no obstante, Johnson fue hacia allá y corrió las cortinas rápidamente. Una ventana chorreando lluvia fue lo único que contemplaron sus ojos. Continuó buscando, pero todo fue en vano. Los armarios no contenían nada excepto filas de ropa colgando sin movimiento. Debajo de la cama no había señales de que alguien estuviera ocultándose. Johnson se paró en medio de la habitación y, al hacerlo, algo casi lo hizo tropezar. Giró alarmado y vio la bolsa-maletín.
"¡Qué raro!", pensó. "¡No la dejé allí!" Unos momentos antes, la bolsa había estado a su derecha, entre la cama y el baño; no recordaba haberla movido. Era muy curioso. ¿Qué demonios pasaba? ¿Estaba perdiendo el juicio? Otra terrible ráfaga de aire golpeó las ventanas, lanzando el aguanieve contra el vidrio con la fuerza del disparo de una pequeña pistola. Una súbita imagen del Canal de la Mancha al día siguiente se presentó ante la mente de Johnson y lo volvió a la realidad.
"¡Es evidente que no hay nadie aquí!", exclamó en voz alta. Y, sin embargo, al momento de pronunciar estas palabras, sabía perfectamente bien que no eran ciertas y que él mismo no las creía. Sintió que alguien se estaba escondiendo cerca de él, observando todos sus movimientos, tratando de alguna manera de impedir que empacara.
"Y dos de mis sentidos", añadió, tratando de guardar las apariencias, "me han hecho malas jugadas absurdas: las pisadas que escuché y la figura que vi fueron enteramente imaginarias".
Johnson regresó a la sala, atizó el fuego y se sentó a pensar. Lo que más lo impresionaba era que la bolsa-maletín ya no estaba donde él la había dejado. Había sido arrastrada más cerca de la puerta.
Lo que ocurrió después esa noche, sucedió, por supuesto, a un hombre que ya estaba excitado por el miedo y fue percibido por una mente que, en consecuencia, no tenía el pleno y apropiado control de sus sentidos. Por fuera, Johnson permanecía tranquilo y dueño de sí mismo hasta el final, fingiendo hasta lo último que todo lo que vio tenía una explicación natural, o que fueron simples ilusiones de sus agotados nervios. Pero en el interior, en el fondo de su corazón, Johnson sabía que alguien había estado escondiéndose en el departamento vacío cuando él entró y que esa persona esperó la oportunidad para llegar furtivamente a la alcoba, y que todo lo que vio y escuchó después, desde el momento en que la bolsa-maletín se movió hasta... bueno, hasta todo lo demás que esta historia debe relatar, fue causado directamente por la presencia de esa persona invisible.
Y aquí fue precisamente cuando él deseaba controlar su mente y sus ideas; cuando las imágenes vívidas que había recibido día tras día sobre las placas mentales expuestas en la corte de Old Bailey salieron a la luz y se desarrollaron en el cuarto oscuro de su visión interior. Los recuerdos desagradables y obsesionantes suelen cobrar vida de nuevo precisamente cuando menos lo desea la mente, en las silenciosas vigilias de la noche, sobre almohadas sin sueño, durante las solitarias horas pasadas al lado de lechos de enfermos y de moribundos. Y ahora, de la misma manera, Johnson sólo vio el espantoso rostro de John Turk, el asesino, frunciéndole el ceño desde cada rincón de su campo de visión mental; la piel blanca, los ojos malévolos, el fleco de cabello negro sobre la frente. Todas las imágenes de aquellos diez días en la corte volvieron a su mente, de una manera involuntaria, sumamente vívidas.
"Todo esto sólo es una tontería y mis nervios", exclamó al fin, saltando con súbita energía de la silla. "Terminaré de empacar y me iré a la cama. Estoy inquieto, agotado. ¡Indudablemente, si sigo así, escucharé pisadas y otros ruidos toda la noche!"
No obstante, su rostro palideció. Recogió sus anteojos y caminó hasta la alcoba, tarareando una canción popular con una voz demasiado fuerte para ser natural. En el instante en que cruzó el umbral y se paró dentro de la habitación, su corazón se paralizó y sintió que se le erizaron los cabellos.
La bolsa-maletín estaba en el suelo, frente a él, un poco más cerca de la puerta que antes. Por encima de la arrugada parte superior, Johnson vio una cabeza y un rostro hundiéndose lentamente y desapareciendo de la vista como si alguien se estuviera agachando detrás para ocultarse. Al mismo tiempo, un sonido como un largo suspiro se escuchó claramente en el silencio que lo rodeaba, entre las ráfagas de la tormenta que soplaba afuera.
Johnson tenía más valor y determinación de lo que indicaba la indecisión juvenil de su rostro; sin embargo, al principio lo invadió una ola de terror y durante algunos segundos no pudo hacer nada excepto quedarse parado, mirando fijamente. Un violento temblor lo sacudió a lo largo de la espalda y piernas y se dio cuenta de que sentía un impulso absurdo, casi histérico, de gritar. Aquel suspiro parecía encontrarse en sus oídos y el aire aún temblaba con él. Indudablemente, era un suspiro humano.
"¿Quién anda ahí?, preguntó Johnson por fin, al recuperar su voz; sin embargo, aunque su intención era hablar con determinación, el tono que salió fue de un débil murmullo, ya que había perdido parcialmente el control de su lengua y de sus labios.
Johnson dio un paso hacia adelante para ver a su alrededor y encima de la bolsa-maletín. Por supuesto, no había nada, excepto la desteñida alfombra y el abultado maletín. Extendió las manos y abrió la boca del saco donde había caído, habiendo estado lleno en sólo tres cuartas partes, y entonces, por primera vez, vio que en el interior, a unas seis pulgadas de la parte superior, había una mancha ancha de color rojo opaco. Era una vieja mancha de sangre desteñida. Johnson gritó y apartó las manos, como si se las hubiera quemado. Simultáneamente el maletín dio un débil pero inconfundible salto hacia adelante, hacia la puerta.
Johnson se tambaleó hacia atrás, buscando con las manos el apoyo de algo sólido. Como la puerta se encontraba más retirada de lo que había creído, ésta recibió su peso justo a tiempo para impedir que cayera y se cerró con un fuerte golpe. Al mismo tiempo, su brazo izquierdo tocó accidentalmente el interruptor eléctrico y la luz del cuarto se apagó.
Fue un predicamento incómodo y desagradable, y si Johnson no hubiera tenido tanto valor, habría hecho muchas tonterías. Pero se controló y, a tientas, trató de encontrar la perilla de bronce para volver a encender la luz. Pero al cerrarse la puerta, los sacos que se encontraban colgados comenzaron a mecerse y sus dedos se enredaron en las mangas y en las bolsas, de modo que se tardó un poco en encontrar el interruptor. Y en esos momentos de confusión y terror ocurrieron dos cosas que lo pusieron irremediablemente en la región del auténtico horror. Claramente escuchó al maletín arrastrándose pesadamente por el piso, con saltos y jalones; además, frente a su rostro escuchó una vez más el suspiro de un ser humano.
En sus angustiados esfuerzos por encontrar la perilla en la pared, casi se raspó las uñas; sin embargo, aun en aquellos desesperados momentos (así son de rápidas y alertas las impresiones de una mente excitada por una emoción vívida) tuvo tiempo para comprender que tenía miedo del regreso de la luz y que quizá sería mejor permanecer oculto en la misericordiosa protección de la oscuridad. No obstante, sólo fue el impulso de un momento, y antes de poder aprovecharlo, Johnson cedió automáticamente al deseo original y el cuarto se llenó de luz nuevamente.
Pero el segundo instinto había sido correcto. Hubiera sido mejor que Johnson permaneciera bajo la protección de la oscuridad. Allí, cerca de él, agachándose sobre el maletín medio empacado, tan claro como la vida bajo el cruel brillo de la luz eléctrica, se encontraba la figura de John Turk, el asesino. El hombre estaba a un metro de él y el fleco de su cabello negro se enmarcaba claramente contra la palidez de la frente; ahí estaba toda la horrible presencia del canalla, tan vivida como Johnson lo había visto, día tras día en Old Bailey, donde se paraba en el banquillo de los acusados, cínico e insensible, bajo la misma sombra de la horca.
Como un relámpago, Johnson comprendió lo que aquello significaba: el sucio maletín tantas veces usado, la mancha roja en la parte superior, la espantosa condición abultada de los lados. Johnson recordó cómo se había metido el cuerpo de la víctima en una bolsa de lona para enterrarlo; los atroces fragmentos desmembrados metidos por la fuerza con cal en esa misma bolsa, y la bolsa misma exhibida como evidencia... Johnson recordó todo esto con claridad.
Suavemente, con cautela, la mano de Johnson buscó a tientas la manija de la puerta, pero antes de que pudiera darle la vuelta, sucedió lo que más temía: John Turk levantó su rostro de demonio y lo miró. En ese mismo momento se escuchó aquel pesado suspiro, de alguna manera formulado en palabras:
-Es mi bolsa. Y yo la quiero.
Johnson sólo pudo recordar después que abrió la puerta y cayó como un pesado bulto en el piso del descanso de la escalera, mientras intentaba desesperadamente llegar a la sala.
Durante largo rato permaneció inconsciente y aún estaba oscuro cuando abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba acostado, tieso y adolorido, sobre el frío piso. Finalmente recordó lo que había acontecido e inmediatamente volvió a desmayarse. Cuando despertó la segunda vez, la aurora invernal comenzaba a asomar por las ventanas, pintando la escalera de un triste y deprimente color gris; logró arrastrarse hasta la sala y cubrirse con un abrigo en un sillón, donde por fin se quedó dormido.
Un fuerte clamor lo despertó. Reconoció la voz de la señora Monks, potente y voluble.
-¿Cómo? ¿Todavía no se acuesta, señor? ¿Está enfermo o le ha sucedido algo?... Ha venido a visitarlo con urgencia un caballero, a pesar de que aún no dan las siete de la mañana y...
-¿Quién es? -balbuceó Johnson-... Estoy bien, gracias. Supongo que me quedé dormido en el sillón.
-Es alguien de la oficina del señor Wilbraham y dice que necesita verlo pronto antes de que salga usted de viaje, y yo le dije...
-Por favor, hágalo pasar de inmediato -indicó Johnson, cuya cabeza daba vueltas y su mente estaba llena aún de espantosas visiones.
El mensajero del señor Wilbraham entró con miles de disculpas y explicó breve y rápidamente que se había cometido un absurdo error y que se le había enviado a Johnson una bolsa-maletín equivocada la noche anterior.
-De alguna manera, Henry obtuvo la bolsa-maletín que llegó de la corte y el señor Wilbraham sólo lo descubrió cuando vio la de él en su habitación y preguntó por qué no se le había mandado a usted -informó el mensajero.
-¡Ah! -exclamó Johnson estúpidamente.
-Y seguramente le trajo la bolsa del caso del asesinato, señor -prosiguió el hombre, sin mostrar expresión alguna en el rostro-. Me temo que le mandaron la bolsa donde John Turk metió el cadáver. El señor Wilbraham está muy molesto, y me dijo que viniera temprano esta mañana con el maletín correcto, ya que usted viajaría por barco.
El hombre señaló hacia una bolsa-maletín limpia que había puesto en el piso.
-Y me dijo que debía regresar la otra -añadió de manera casual.
Durante unos momentos Johnson permaneció mudo hasta que por fin señaló en dirección de su alcoba.
-Tal vez sería usted tan amable de desempacarla. Por favor, deje las cosas en el piso.
El hombre desapareció en la otra habitación durante unos cinco minutos. Johnson escuchó cómo sacaba las cosas del maletín, y el ruido de los patines y las botas mientras desempacaba.
-Gracias, señor -dijo el hombre, al regresar con la bolsa-maletín doblada sobre su brazo-. ¿Puedo hacer algo más para ayudarlo?
-¿Como qué? -preguntó Johnson al notar que el hombre deseaba añadir algo más.
El hombre movió los pies y lanzó una mirada misteriosa.
-Perdone, señor, pero como sé que se interesó en el caso de Turk, pensé que le gustaría saber lo que ocurrió...
-Sí.
-John Turk se suicidó anoche, se envenenó inmediatamente después de recibir su sentencia y dejó una nota para el señor Wilbraham diciéndole que le agradecería mucho que lo enterraran de la misma manera en que enterró a la mujer que asesinó, en la vieja bolsa-maletín.
-Y... ¿a qué hora lo hizo? -preguntó Johnson.
-A las diez de la noche, según informó el carcelero.