HABLANDO DE…
(drama antiguo y cotidiano)
Personajes: Homero, su esposa Eulalia, y Pulgósides,
el perro
(Eulalia está sola, en la
cocina, tarareando y mirando por la ventana)
Homero.-(Entra
a la cocina excitado, con unos papiros escritos) Eulalia: los dioses te
sean propicios! Buen día. Sabrás que acabo de componer una relación de hechos
que me ha llevado mucho trabajo. Sé que estás ocupada, pero encontraría placer
en relatarte el resultado de mis afanes y desvelos. Los dioses son testigos que
hace meses que estoy con esto, y ni siquiera fui con los muchachos al Templo, a
honrar a Baco. Me parece que quedó bien. Cartócrates y Polímenes me han dicho
que es digna de elogio. Verás: comienza diciendo: Canta, oh, diosa...
Eulalia.-(lo interrumpe) Hablando de Cartócrates, ¿sabías que la
señora estuvo muy afectada de la garganta y de las fiebres? Horrible. No pudo
levantarse de la cama por una semana. Y con todo el trabajo que tiene con los
hijos: ninguno le quiere estudiar. Fijate que los dos mayores ni se asoman al Ágora por andar arrastrando las lorigas por el puerto. El
menor se pasa todo el día tirado, comiendo aceitunas con los cínicos. Y encima
haciendo piruetas porque no le alcanzan los sestercios. Yo no sé, pobre mujer...
Homero.- (suspira)
Eulalia: te decía que mi composición comienza diciendo: Canta, oh,
diosa...
Eulalia.-¿Y por qué te es odiosa? Dime, ¿cómo es que te
refieres a alguien así, pidiéndole que cante? Lo que es yo, cuando alguien no
me cae bien, ni lo miro. Y si es como la esposa de Polímenes, que en la feria
pasa tan orgullosa que ni saluda, ni me molesto en darle lugar. ¿Te dije que no
me saluda? No es que a mí me importe mucho pero la verdad es que es bastante
ordinaria.
Homero.- (conciliador)
Eulalia, esposa: dije Oh, diosa, y no odiosa.
Eulalia.-Me pareció que habías dicho eso, y
cuando a mí alguien me cae odiosa, mirá...A veces va a la peluquería la cuñada
de Pilémenes, aquella que te conté, del grano en la nariz, y no la traga nadie.
En cambio la hermana de Ñácates tiene gracia, es bonita y agradable como el
vino de Quíos, y mirá vos, no tiene suerte con los cortejantes: ahí anda cono
ese desganado de Pelópidas. Lo que es a mí, si me hace la mitad de lo que le
hace a esa muchacha, ya lo habría mandado marchar.
Homero.- Continúo: Canta, oh, diosa, la
cólera del Pelida Aquiles...
Eulalia.-¿Aquiles? Pero ¿no podías haber elegido
otro héroe? ¿Paris, por ejemplo, que era tan buen mozo? Mira: Hegemónides, el
hijo mayor de mi amiga Euterpe, compuso unos versos que dicen que son ma-ra-vi-llo-sos
acerca del amor de Paris y Helena. Él mismo es un efebo tan bonito, tan bien
educado, que los dioses le sonríen. Euterpe estaba tan entusiasmada, que dijo
que todo lo que se escriba después sobre ese tema, es simple imitación. ¡Qué
divino que alguien escriba así de bien! Me fascina la gente joven que escribe
bien. Porque los viejos, por lo general, están todos de vuelta y siempre
escriben de lo mismo. A mí me aburren, qué querés que te diga: yo no sirvo para
que me estén cargoseando siempre con lo mismo. ¿No saben escribir de otra cosa)
Homero.- Te hablaba de mi obra, que me insumió
muchos meses, y que me gustaría que escucharas…
Eulalia.- ¡Pero si te estoy escuchando! Siempre me
decís lo mismo, pero aquí te estoy escuchando.
Homero.- ...Canta…
Eulalia.-Y menos mal que Euterpe tuvo ese hijo tan
brillante, porque lo que es la hija, le ha dado unos dolores de cabeza, que yo
no sé, pobre cómo aguanta. Fijate que se le entusiasmó con un aeda joven que
canta en las plazas y no tiene ni un dracma partido por la mitad. De qué piensa
vivir, pobre muchacha, decime vos. No sabe ni lavarse el peplo y ya se escapa
de la casa, de puro alocada que es y se va con el aeda al otro lado del Ponto
para que la madre no la vigile. No es que esté mal viajar, vamos, pero si ya
tan joven agarra para el lado de la Jonia…Así les va, después.
Homero.-
(en la cara ya tiene un tinte verde) Vuelvo a empezar, si tú me lo permites,
querida: Canta, oh, Diosa!, la cólera del
Pelida Aquiles…
Eulalia.-¿Qué hora es? Ya es casi mediodía y no
te lavaste la cara.
Homero.-¡Eulalia, esposa, no me estás prestando
atención! Te decía...
Eulalia.- (se
levanta de la silla y levanta todas las tapas de las ollas) Lo que pasa es
que tú no lo ves, pero yo estoy atareada con la comida, que se me va todo al
fuego; está por venir el de la leña para la cocina; y se me viene encima la hora de la peluquería.
Ah!, ¿no te conté?: tengo que encontrarme
con Cipris, que después que el marido la dejó hace dos meses, ahora entró en
relación con un comerciante macedonio, que es divorciado- lo conoció en el Mercado
del Pireo-, parece que va en serio, y me va a contar todo. (Eulalia sigue hablando mientras abandona la
cocina en dirección a otra pieza ) Parece que la lleva un fin de semana por
el Egeo y ella está estusiasmadísima…
Voy corriendo.
Homero.- (solo
en la cocina, empieza a comerse lentamente los papiros a mordiscones. Pulgósides,
sentado frente a él, lo mira, atento, moviendo el rabo)
Old John Doe
.jpg)

