sábado, 17 de noviembre de 2012


Hirió ladrón que le robaba la casa: va a la cárcel y debe pagarle US$24.000

La Justicia de Salto se expidió contra un hombre al que un delincuente le robaba su casa, le disparó, lo hirió gravemente y ahora, cinco años después, el dueño de casa marcha a prisión y debe pagarle al ladrón US$24.000

Lunes 12 de noviembre de 2012 | 11:54
El delincuente –que estaba en salida transitoria, procesado por robos anteriores- entró a la casa del barrio Baltasar Brum, en Salto, a la hora de la siesta. Era noviembre de 2007.
Saltó un portón y después una reja, con claro objetivo de robar.
El dueño de casa no dormía: era retirado militar, sacó una pistola, salió de la casa y dio la voz de alto: el ladrón trepado al muro no hizo caso. Un tiro al aire. Ahí aparecen dos versiones: el ladrón dice que huía, mientras el dueño de casa dice que se le avalanzó encima.
El asunto fue que un segundo tiro acabó con el problema. En principio. El ladrón alcanzado en la espina dorsal ha quedado paralítico de ambas piernas. Pero su agresor ahora va a la cárcel y debe pagarle una indemnización por las lesiones de US$24.000.

Un expediente difícil de alcanzar

Según publica el diario salteño “El Pueblo”, las circunstancias establecidas en el expediente han sido harto difíciles de conseguir para sus periodistas. La Jueza Raquel Gini, entendió necesario consultar a las partes involucradas, antes de que la prensa hiciera público lo que estaba ocurriendo, el ladrón ahora lisiado y su familia entendían que se podía afectar su intimidad.
En cuanto a la sentencia, el ex militar que baleó al ladrón fue procesado por “lesiones gravísimas”, en tanto tuvo “concurrencia de culpas”, “reacción desmedida”, y generó “daño moral”, según conceptos de la sentencia.
El Banco de Previsión Social en tanto, paga el ladrón una pensión por discapacidad, desde mayo de 2008, por estar incapacitado “absoluta y permanentemente para todo trabajo”.

Acá es donde uno se pregunta si las Leyes que gobiernan la convivencia de este país no estarán pensadas para la custodia, salvaguarda y preservación de la estirpe de los delincuentes.
Si un ladrón entra a mi casa, no me advierte: lo hace por sorpresa, y con la intención de apoderarse de lo que no le pertenece. Y si yo no lo advierto, consuma su intención.
Si está armado y yo aparezco, nada le impide disparar y herirme o matarme. En la posibilidad de que fuera capturado, procesado y condenado- asistido por abogados que le procuran celular, TV, computadora, visita conyugal y salidas transitorias-, una visita de cárceles, con buena conducta, lo pone en la calle nuevamente en unos tres o cuatro años, sin que se le descuenten los cohchones quemados.
Pero, por ley, si yo lo advierto- y estoy armado- debo hacer previamente un disparo intimidatorio. ¿Por qué?
Porque es lícito que él, el invasor,  me dispare sin previa advertencia, pero no que lo haga yo, que soy el invadido. Si mi disparo lo hiere y queda fìsicamente impedido, deberé pagar una gruesa multa por indemnización. Si lo mato, el Juez me procesa por homicidio, de la misma manera que si le hubiera disparado fuera de mi casa y sin motivo justificado.
Al invasor de mi hogar lo protegen los Derechos Humanos. A mí, no. Matar a un delincuente me expone, en la cárcel, a que me asesinen subrepticiamente.
Siempre me matan, me matan/ siempre me matan decía Nicolás Guillén.
Y no analicemos la situación de que el agresor sea menor, porque en ese caso deberé recibirlo con alegría, permitir que me robe, y servirle la merienda y la cena, antes de que me mate, sin culpa y sin detención psible, porque, bueno, ¡es menor!

miércoles, 14 de noviembre de 2012


-Lo nuestro es superior a lo de ustedes- dijo el sacerdote evangelista al católico-: nosotros podemos casarnos y tener hijos, porque Jesús no lo condena sino que lo permite.
-Jesús es sabio- contestó el católico-, pero el Papa es más comprensivo. Tendremos, sí, algún mal pensamiento, pero ¡qué tranquilidad, mi viejo! ¡qué tranquilidad!




El representante de un país que cuenta con doscientos millones de personas decreta la invasión, sin motivo, a otro país que cuenta con solamente sesenta millones de personas, y lo sojuzga, apoderándose de sus riquezas.
Dado que doscientos significan más que sesenta, hasta para un estudiante mediocre queda claro que se trata de una victoria de la Democracia.


                                                                                   Old John Doe

"Con el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos, anatematizamos, execramos, maldecimos y expulsamos a Baruch de Spinoza, con asentimiento de toda la sagrada comunidad, en presencia de los libros sagrados con los seiscientos trece principios allí inscriptos, pronunciando contra él la maldición con la que Elisha maldijo a los niños, y todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. ... Que sea maldito durante el día y maldito durante la noche; que sea maldito en su acostarse y en su levantarse; maldito en su salir y maldito en su entrar. Que el Señor nunca jamás lo perdone ni lo reconozca; que la ira y el desprecio de Dios ardan de aquí en adelante contra este hombre, lo carguen de todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley, y borren su nombre de debajo del cielo."


—COMUNIDAD JUDÍA DE ÁMSTERDAM, excomunión de BARUCH SPINOZA, el 27 de julio de 1656.


Homenaje en el Día Mundial de la Tolerancia

Después del atentado de las Dos Torres y la bárbara guerra de Irak, los Servicios Secretos Norteamericanos descubrieron que los árabes, en realidad, están infiltrados por todos lados, incluída la industria cinematográfica.
Sin ir más lejos, ayer encontraron que la mona de Tarzán es Chiíta.



-¿Cómo se produjeron los hechos?- preguntó el Comisario-.
-La cosa fue así- contestó el Hombre Indignado-: Yo iba con mi coche por la Avenida, y en la esquina de sombra topé con esta persona, que estaba así como está ahora, de tanga negra, luciendo los pechos al aire, apenas sostenidos por un soporte, y con un perfume violento, que me llamó con un susurro. Me sentí particularmente interesado, y acordamos ir juntos hasta mi casa. Una vez allí, al palpar el asunto, constaté que había sido engañado, e indignado por la estafa, le descerrajé cuatro tiros.
-¿En qué consistió la estafa?- preguntó el Comisario-.
-¡En que se trata de una mujer! ¡Yo creí de buena fé que era un travesti!



No hay duda de que la guerra es educativa.
My Lai, Sarajevo, Naplusa, Basora, Chechenia, Jalalabad...
¿Cómo podríamos saber dónde están, si no fuera por la guerra?

                                                                                John Doe


"MÁTENLOS A TODOS: EL SEÑOR SABE CUÁLES SON LOS SUYOS"

(Almarico Amaury, abad de Citeaux, en 1209, al preguntarle los cruzados qué hacer con los ciudadanos de Beziéres, algunos de los cuales eran católicos y otros cátaros)


"Dudo que los inteligentes sean los únicos que duden"

                                                           John Doe


"Cuando Jehová, tu Dios, por fin te introduzca en la tierra a la cual estás yendo para tomar posesión de ella, entonces tendrá que quitar de delante de tí naciones populosas (...) naciones más populosas y más fuertes que tú. 2 Y Jehová, tu Dios, ciertamente las abandonará en manos tuyas y tendrás que derrotarlas. Sin falta debes darlas irrevocablemente a la destrucción. No debes celebrar pacto alguno con ellas ni mostrarles ningún favor.(...) 5 Por otra parte, esto es lo que deben hacer con ellos: sus altares los deben demoler y sus columnas sagradas las deben destrozar, y sus postes sagrados los deben cortar y sus imágenes esculpidas las deben quemar con fuego!

Deuteronomio, 7

Apuntes de Jehová para un estudio sobre "La importancia de las religiones para lograr la Paz"

EN ESE MOMENTO

Fue pura casualidad.
Si no hubiera sido porque salí medio temprano a matear a la esquina- era de mañana, con el subiendo apenas por arriba de los edificios, con cielo limpio, con olor de café y de pan recién salido flotando en el aire fresco., no me hubiera encontrado con El Muerto.
El Muerto estaba en la esquina del bar, con aspecto de recién levantado, esperando que abrieran las puertas de la panadería, para comprar bizcochos.
Con él, desde muy jóvenes hablamos compartido tardes de fútbol interminables en los pocos campos del barrio, en la playa, en la calle. Nos sabíamos apasionados de lapelota bien tratada, de la finta, de la improvisación, aunque cuando hablábamos, por lo general el tema era otro: las muchachas, y cosas así.
Yo admiraba su talento, y su desprecio por la fama. Era de poco hablar, y de ahí su apodo.
Me pidió un mate y después de primer sorbo, me dijo: Esta tarde jugamos en la cancha de Misterio. Nos falta un entreala en la reserva. ¿No querés venir?
Nosotros jugábamos siempre en canchas peladas y anónimas, en pastizales, en campos crudos. Jugar en una cancha demarcada y propiedad de un Club era como estar a las puertas de la Primera División. Y la cancha de Misterio era una leyenda, allá  en un promontorio del Buceo, al costado del Cementerio, cerca del mar.
¿Qué equipo es? pregunté, palpitando un equipo improvisado, de solteros contra casados
El Fantasma me dijo, y yo sentí algo en los huesos.
Era un equipo de un barrio lejano, con fama de aguerrido: su nombre evocaba epopeyas de la divisional Intermedia, de glorias proletarias lejos del ruido de la prensa, herederos del primer fútbol del país.
Claro que sí dije sin pensar, y me envolvió algo parecido a la gloria. ¿A qué hora voy?

Seguramente ese día almorcé, pero no me acuerdo. En la adolescencia había soñado muchas veces - todos mis conocidos, entonces, soñaban- con pisar una cancha formal como jugadores, no importa de qué cuadro.
Pisar una cancha, tutearse con las peladuras del círculo centras, con las de la entrada del área grande, entrar a esa área a buscar un centro, un pase, hacerla pasar entre los contrarios, percibir en la red que la pelota había entrado al arco, hacían que uno pasara la noche en blanco. Y que a uno lo llamaran a jugar en un equipo era casi como una medalla para un soldado, un reconocimiento civil y pagano, como el día en que a uno le sirven vino en la mesa por primera vez: un cambio de categoría, un ascenso en el escalafón.

Cuando llegó el camión con los jugadores a la cancha de Misterio, yo hacía rato que estaba en la esquina, recostado a un muro con cerco de transparentes. De pura casualidad había encontrado un ómnibus así como llegué a la parada, y viajé y esperé en la esquina, reventando de ganas de que empezara el partido.

Me acerqué y mi amigo me presentó a los demás integrantes. Nos cambiamos y salimos a hacer calentamiento, entre la poca gente que curioseaba, porque hasta yo sabía que nadie se interesaba en los preliminares, que era donde estaban los que jugaban menos que los del Primero.
Alguien me alcanzó la camiseta. No era la del Primero ni se le parecía, perola desdoblé como a una camisa de traje de comunión.
EN ese momento, un hombre mayor salió del vestuario y enfiló derecha hacia mí. Al lado de él trotaba, de pulóver, un muchacho de mi edad, pero más delgado.
Botija me dijo dale la camiseta a él. Me faltó uno, que no viene. Quedate por acá, que jugás en el Pirmero.
Miré al botija yle di la camiseta como en sueños. Una voz, adentro mío me decía vas a jugar en el Primero, en el Primero del Fastasma, y me sentí elevado a la categoría de Titular. Jugar en el Primero de un equipo, a esa edad es cosa seria, mucho más que un Sobresaliente en el Liceo, y casi tanto como "Promovido con Muy Bueno".
Es, casi, rozar la gloria.
Y sentí eso a flor de piel cuando vi la mirada de los otros, los que jugaban en el preliminar, entre la envidia y el respeto ante el golpe de suerte. Porque la suerte, como en la timba, separa a los elegidos de los simples mortales.
Pura casualidad, pero ese día sentí que algo nuevo empezaba para mí.
Y todavía recuerdo cuando llegó el momento de salir a la cancha, y salí, saboreando el desafío, escuchando el rumor de las conversaciones. Yo, titular.
Entonces el Muerto se me acercó y me dijo por lo bajo: mirá allá donde está la puerta. ¿Ves a aquel morocho de gabardina que está en la puerta de la cantinas? ¿Lo ves? Es Tomás Rolán. Capaz que vino a ver gente.
Tomás Rolán era un gran jugador uruguayo que por entonces revistaba en Independiente de Buenos Aires, y que ya había recomendado en su club a varios anónimos compatriotas.
Fue como un golpe en el pecho, pero me negué a pensar en eso, aunque no podía sacarme dela cabeza, ni entonces ni después, cuando ya había empezado el partido, en cada pelota que yo tocaba, en cada paso, que alguien me estaba mirando jugar, calibrando mis posibilidades de futuro. Y jugar en un cuadro argentino, además de inalcanzable, era  acercarse a una cantidad de dinero inimaginable.
Y también me ganaba la sangre y los nervios aquella idea, como un zumbido: hoy la suerte está contigo.

Por mucho esfuerzo que haga no puedo recordar cómo jugué esa tarde.

Solamente recuerdo que en un momento determinado, con el sol de costado, recibí un paso, eludí al marcador- pura casualidad-, alcancé a mirar el arco, elegí intuitivamente el palo más alejado del golero, y tiré.
Con un vértigo en el alma acompañé el vuelo de la pelota, percibí la impotencia del golero para interceptarla, y constaté- lenta, inexorable, metálicamente-, que aquello que yo había enviado con tanta expectativa- tal vez desde siempre, desde que empecé a adiestrarme con la pelota en algún lejano día sin memoria me estaba preparando para ésto-, pasaba muy cerca del palo, pero del ado equivocado, y se perdía entre yuyos altos, con dirección a la rambla.
En esos casos siempre hay, por parte del público, como un sonoro desinflarse de la tensión, que acumula la situación de peligro. Sentí que todos me miraron, pero yo miré al lado dela tribuna, cerca de la puerta dela cantina, buscando la gabardina de Tomás Rolán, porque entonces todo dependía de qué impresión le habría causado.
En un efímero segundo vi la cara de mis padres mientras yo les anunciaba , ya de vuelta a casa y todavía sin bañarme, que viajaba a Buenos Aires a probarme en Independiente.

Pero Tomás Rolán casualmente estaba de espaldas, comiendo un choripán, conversandoc on otros, desde hacía un buen rato, tomando vino y ajeno a mi pasaje a la gloria.
Es posible que no haya vista ni un minuto de todos el partido, y también- ya no importaba- que cuando conseguimos el el gol de la victoria de esa tarde ya se hubiera ido un rato antes, impermeable y ajeno as todas las expectativas sembradas y cultivadas.

Cuando volvimos al barrio con el Muerto, silenciosos, en el ómnibus, nos aceptamos tácitamente un café en el bar. El cielo ya estaba nublado y empezaba a estar frío.

Fue una casualidad me dijo  podía haber estado atento y quién hubiera dicho.

¿Te das cuenta? le contesté, con la boca amarga: era la casualidadm ás importante.

Y después de un r ato de silencio, el Muerto sentenció, como un Decano: ¿La Casualidad?: flor de puta.





                                                                                                         John Doe