EN ESE MOMENTO
Fue pura casualidad.
Si no hubiera sido porque salí medio temprano a matear a la esquina- era de mañana, con el subiendo apenas por arriba de los edificios, con cielo limpio, con olor de café y de pan recién salido flotando en el aire fresco., no me hubiera encontrado con El Muerto.
El Muerto estaba en la esquina del bar, con aspecto de recién levantado, esperando que abrieran las puertas de la panadería, para comprar bizcochos.
Con él, desde muy jóvenes hablamos compartido tardes de fútbol interminables en los pocos campos del barrio, en la playa, en la calle. Nos sabíamos apasionados de lapelota bien tratada, de la finta, de la improvisación, aunque cuando hablábamos, por lo general el tema era otro: las muchachas, y cosas así.
Yo admiraba su talento, y su desprecio por la fama. Era de poco hablar, y de ahí su apodo.
Me pidió un mate y después de primer sorbo, me dijo:
Esta tarde jugamos en la cancha de Misterio. Nos falta un entreala en la reserva. ¿No querés venir?
Nosotros jugábamos siempre en canchas peladas y anónimas, en pastizales, en campos crudos. Jugar en una cancha demarcada y propiedad de un Club era como estar a las puertas de la Primera División. Y la cancha de Misterio era una leyenda, allá en un promontorio del Buceo, al costado del Cementerio, cerca del mar.
¿Qué equipo es? pregunté, palpitando un equipo improvisado, de solteros contra casados
El Fantasma me dijo, y yo sentí algo en los huesos.
Era un equipo de un barrio lejano, con fama de aguerrido: su nombre evocaba epopeyas de la divisional Intermedia, de glorias proletarias lejos del ruido de la prensa, herederos del primer fútbol del país.
Claro que sí dije sin pensar, y me envolvió algo parecido a la gloria.
¿A qué hora voy?
Seguramente ese día almorcé, pero no me acuerdo. En la adolescencia había soñado muchas veces - todos mis conocidos, entonces, soñaban- con pisar una cancha formal como jugadores, no importa de qué cuadro.
Pisar una cancha, tutearse con las peladuras del círculo centras, con las de la entrada del área grande, entrar a esa área a buscar un centro, un pase, hacerla pasar entre los contrarios, percibir en la red que la pelota había entrado al arco, hacían que uno pasara la noche en blanco. Y que a uno lo llamaran a jugar en un equipo era casi como una medalla para un soldado, un reconocimiento civil y pagano, como el día en que a uno le sirven vino en la mesa por primera vez: un cambio de categoría, un ascenso en el escalafón.
Cuando llegó el camión con los jugadores a la cancha de Misterio, yo hacía rato que estaba en la esquina, recostado a un muro con cerco de transparentes. De pura casualidad había encontrado un ómnibus así como llegué a la parada, y viajé y esperé en la esquina, reventando de ganas de que empezara el partido.
Me acerqué y mi amigo me presentó a los demás integrantes. Nos cambiamos y salimos a hacer calentamiento, entre la poca gente que curioseaba, porque hasta yo sabía que nadie se interesaba en los preliminares, que era donde estaban los que jugaban menos que los del Primero.
Alguien me alcanzó la camiseta. No era la del Primero ni se le parecía, perola desdoblé como a una camisa de traje de comunión.
EN ese momento, un hombre mayor salió del vestuario y enfiló derecha hacia mí. Al lado de él trotaba, de pulóver, un muchacho de mi edad, pero más delgado.
Botija me dijo
dale la camiseta a él. Me faltó uno, que no viene. Quedate por acá, que jugás en el Pirmero.
Miré al botija yle di la camiseta como en sueños. Una voz, adentro mío me decía
vas a jugar en el Primero, en el Primero del Fastasma, y me sentí elevado a la categoría de Titular. Jugar en el Primero de un equipo, a esa edad es cosa seria, mucho más que un Sobresaliente en el Liceo, y casi tanto como "Promovido con Muy Bueno".
Es, casi, rozar la gloria.
Y sentí eso a flor de piel cuando vi la mirada de los otros, los que jugaban en el preliminar, entre la envidia y el respeto ante el golpe de suerte. Porque la suerte, como en la timba, separa a los elegidos de los simples mortales.
Pura casualidad, pero ese día sentí que algo nuevo empezaba para mí.
Y todavía recuerdo cuando llegó el momento de salir a la cancha, y salí, saboreando el desafío, escuchando el rumor de las conversaciones. Yo, titular.
Entonces el Muerto se me acercó y me dijo por lo bajo:
mirá allá donde está la puerta. ¿Ves a aquel morocho de gabardina que está en la puerta de la cantinas? ¿Lo ves? Es Tomás Rolán. Capaz que vino a ver gente.
Tomás Rolán era un gran jugador uruguayo que por entonces revistaba en Independiente de Buenos Aires, y que ya había recomendado en su club a varios anónimos compatriotas.
Fue como un golpe en el pecho, pero me negué a pensar en eso, aunque no podía sacarme dela cabeza, ni entonces ni después, cuando ya había empezado el partido, en cada pelota que yo tocaba, en cada paso, que alguien me estaba mirando jugar, calibrando mis posibilidades de futuro. Y jugar en un cuadro argentino, además de inalcanzable, era acercarse a una cantidad de dinero inimaginable.
Y también me ganaba la sangre y los nervios aquella idea, como un zumbido: hoy la suerte está contigo.
Por mucho esfuerzo que haga no puedo recordar cómo jugué esa tarde.
Solamente recuerdo que en un momento determinado, con el sol de costado, recibí un paso, eludí al marcador- pura casualidad-, alcancé a mirar el arco, elegí intuitivamente el palo más alejado del golero, y tiré.
Con un vértigo en el alma acompañé el vuelo de la pelota, percibí la impotencia del golero para interceptarla, y constaté- lenta, inexorable, metálicamente-, que aquello que yo había enviado con tanta expectativa- tal vez desde siempre, desde que empecé a adiestrarme con la pelota en algún lejano día sin memoria me estaba preparando para ésto-, pasaba muy cerca del palo, pero del ado equivocado, y se perdía entre yuyos altos, con dirección a la rambla.
En esos casos siempre hay, por parte del público, como un sonoro desinflarse de la tensión, que acumula la situación de peligro. Sentí que todos me miraron, pero yo miré al lado dela tribuna, cerca de la puerta dela cantina, buscando la gabardina de Tomás Rolán, porque entonces todo dependía de qué impresión le habría causado.
En un efímero segundo vi la cara de mis padres mientras yo les anunciaba , ya de vuelta a casa y todavía sin bañarme, que viajaba a Buenos Aires a probarme en Independiente.
Pero Tomás Rolán casualmente estaba de espaldas, comiendo un choripán, conversandoc on otros, desde hacía un buen rato, tomando vino y ajeno a mi pasaje a la gloria.
Es posible que no haya vista ni un minuto de todos el partido, y también- ya no importaba- que cuando conseguimos el el gol de la victoria de esa tarde ya se hubiera ido un rato antes, impermeable y ajeno as todas las expectativas sembradas y cultivadas.
Cuando volvimos al barrio con el Muerto, silenciosos, en el ómnibus, nos aceptamos tácitamente un café en el bar. El cielo ya estaba nublado y empezaba a estar frío.
Fue una casualidad me dijo
podía haber estado atento y quién hubiera dicho.
¿Te das cuenta? le contesté, con la boca amarga:
era la casualidadm ás importante.
Y después de un r ato de silencio, el Muerto sentenció, como un Decano:
¿La Casualidad?: flor de puta.
John Doe