EL CIELO DE
ABAJO
estamos juntos: yo escondida
y él sentado en la cama;
no
puedo verlo pero sé que piensa en mí: deja vagar la mirada, que se le detiene
apenas en el cuadrado luminoso de la ventana, por ahí se escapa como el humo, y
como el humo se disuelve en el aire;
está
inmóvil, pero cuando se levante vendrá a buscarme- es lo que siempre pasa-: no
se ha sacado el saco ni la corbata: apenas murmura, y puedo adivinar que la
transpiración le empapa las manos, que tiene marcadas las ojeras y las
comisuras de los labio;.
desde que vino está sentado:
me percibe, me presiente, me sospecha;
la
pieza se está oscureciendo: siento que Bermúdez se levanta, se yergue, sé que
me busca, que volveré a la vida,
pero
no;
los pasos van hacia la
ventana: titubea.
No
obstante, algo que está en mi raza me dice que más tarde o más temprano tendrá
que decidirse, que la espera se termina;
es como una premonición,
como un perfume viejo y fragante que viene de lejos, del fondo de la tierra,
algo inexplicable.
Bermúdez no
habría podido contarle nadie cómo fue que conoció a Pina.
Él venía de dos
fracasos matrimoniales y ya no esperaba a ninguna mujer en su vida. Vivía solo
en una pieza de pensión: una cama, una cómoda, un montón secreto de odios,
fantasmas y rencores- como calles entrecruzadas-, y un banderín del equipo de
fútbol del barrio natal
el gol de la victoria al
caer la tarde, el festejo intenso y desorbitado por el ascenso a la siguiente
divisional, los abrazos, las copas interminables en la sede, entre los gritos y
la alegría desenfrenada, y las fotos de los viejos ídolos; la salida en
camiones a recorrer las calles con bocinas, gritos y matracas, vivando el
nombre del club;
y de madrugada, Bermúdez, en
la avenida, borracho, orinado en los pantalones, envuelto en la bandera del
club, parado en una esquina, solo, desafiante, ronco; por la avenida vacía no
había nadie a quién gritarle el gol, el triunfo
nadie
nadie a quién odiar,
tampoco; ni siquiera el consuelo de una patrulla policial que lo detuviera:
solamente permanecía ahí, como un muñeco
colgado de un
clavo en la pared.
No había mucho
más para decir. Pina, para él, no tenía pasado.
Apenas un divorcio y un hijo, y esto, a la hora de la
primera cita era lo que menos importancia tenía, pero no para ella, que aún
cuando ya estaba en ropa interior, se deshizo en lágrimas por el temor al
embarazo, soportó el asedio, y Bermúdez, fastidiado, quedó decidido a no verla
más.
Sin embargo, una tarde, inexplicablemente, se dejó
caer por la casa de ella, y conoció a Esteban, el hijo, y se quedó a comer. Y
después volvió, y volvió a volver.
Ella tenía una sonrisa triste y sabía escuchar:
indagaba suavemente por el origen de las penas- porque sabía encontrar palabras
de consuelo-, y las dispersaba evocando viejas alegrías. Era tierna y de suaves
redondeces ajenamente cálida en el mundo árido, frío y hostil en que vivía él.
Bermúdez trabaja en un almacén de alimentos que se
reparten a comercios menores. Es un galpón enorme y ruidoso, con camiones que
entran y salen y obreros que cargan y descargan, y gritos y bocinas y
chicharras, tuboluces fríos y reflejos de vidrios y latas en los plásticos que
envuelven alimentos con colores chillones, y gases de escape de motores en el
aire.
Lejos, arriba, en una oficina de vidrios y madera- una
mínima casilla, en realidad-, trabaja Bermúdez, solamente unido al resto del
depósito por un tubo de aire comprimido que sube remitos y baja cheques.
Desbordado de papeles, cuando levanta los ojos del escritorio, apenas encuentra
el reloj de pared y los lomos ordenados de las carpetas con su vacilante
alfabeto indicador.
Solamente lo visita García, el capataz principal, que
tiene por costumbre congraciarse sumisamente con los superiores, razón por la
cual Bermúdez lo desprecia.
yo
lo sé
de
la misma manera que a los animales que hibernan algo les dice que llegó la
primavera, algo en este oscuro encierro me dice que voy a volver a vivir, a ser
útil;
es
un nosequé, una constelación, una prefiguración, y llega como el agua mansa que
desborda y avanza en los meandros por la arena: Bermúdez estuvo aquí, al lado
mío, pero solamente un instante, para saber que yo estaba sumisamente en mi
lugar: caminó unos pasos más, sacó una botella de grappa y la está tomando a
sorbos pensativos
vacila:
es la condición humana
pero
vendrá a mí: hace mucho que espero y ahora más que nunca antes, todas las
señales me lo indican
me
necesita: yo lo sé
Salieron varias veces y un día- solamente cuando ella
lo quiso, una tarde de sábado, lluviosa, Bermúdez la amó furiosamente en la
pieza de un hotel, con una vitalidad que sabía que no tenía, en un estado
febril de rabia contenida- ella era suave, hospitalaria-, y una vez que vació
la necesidad de penetrarla y sentirse dentro de ella, cuando rozó la convicción
de que ese cuerpo ya no tenía secretos para él- adormecía la cabeza entre los
senos todavía duros y la respiración tibia-, le nació un sentimiento de
protección, como un flujo viril de sangre nueva.
Con los ojos cerrados pasó lentamente las manos por
aquel cuerpo, reconociendo los límites de su nueva posesión (y encontrando bajo
aquello, como un rabdomante, un pozo de desamparo), y lo apretó suavemente,
aspirando el aroma a mujer, relieve contra relieve, y se sintió eterno e
inalcanzable.
Después se durmió y soñó que una ola de mar inundaba
la pieza de pensión, barría los pasillos arrastrando muebles y desmoronaba el
edificio.
Al día siguiente, Pina le pidió algo de dinero: el
alquiler de la casa, la mutualista, la vergüenza de volver a desnudarse y dejar
sobre la silla ropa interior vieja y gastada
Ema,
una vieja amiga confidente le preguntó después a ella: ¿te ayuda?, Pina dijo sí y
entonces Ema: ¡qué suerte tenés!: el
sentimiento puede venir luego
y Bermúdez solucionó todo, entonces ella lo besó y se
sintió respaldada.
Pero había más necesidades, muchas más. Y Pina pedía y
Bermúdez no sabía negarse: un trajecito para salir, un cinturón, unos zapatos
para verano, una mesa para el comedor- ella lo miraba con ternura, lo besaba en
la comisura de los labios y se dejaba tomar por la cintura: igual si no podés,
es lo mismo-, un aplique para la pared, una guitarra para el niño.
Bermúdez vendió lo poco que tenía, pero no alcanzaba.
Pidió prestado a los amigos y, cuando no pudo
devolverlo, cayó en manos de Cohen, el prestamista un radiograbador, un curso de inglés sabiendo de antemano que no
podría pagar un juego de ollas de línea
moderna, un lavarropa, a una cocina de tres hornallas.
Entonces, en un acto frío de técnico administrativo
–aunque las venas se le saltaban, se le anudaban las sienes, la boca era un
cuero amargo sin saliva y sentía golpes en el pecho y en la cabeza-, estudió y
encontró la manera de alterar las cifras de los remitos de mercaderías- sabía
que era delito: se sentía el olor a miedo en la ropa-, de forma que le quedara
un remanente de dinero en su poder.
Por dos noches tuvo dolor de de cabeza, diarrea y un cansancio infinito:
una alarma nebulosa, allá en las tinieblas le gritaba en lenguaje
incomprensible, y entendía un código
oscuro olvidate de ella, basta, es una
locura y él se despertaba de noche con dolores musculares
antes
de conocerla, solo, en la pieza, oía el goteo abúlico de la cisterna del baño
como quien oye el ruido de un hijo que juega en la pieza de al lado, mirando el
cuadrado luminoso de la ventana cada vez más gris, y se le enfriaba el mate, se
le moría entre las manos, la ventana se anochecía del todo y él se levantaba
como muerto a encender la luz
pero a la tercera noche Pina, como un milagro, lo esperó en la cama, desnuda, impaciente, y
desató el incendio. Inquieta, imaginativa, atenta solo a Bermúdez, dándose
apenas el respiro para dejarlo recuperarse, se montaba a horcajadas,
infatigable: repasaba el sabor del cuerpo de Bermúdez, lo recorría desesperada,
anhelante por recuperarlo, por vaciarlo.
Y la rindió la fatiga, se apagó con la primera luz del
día, ya sin goces secretos, y de entonces en más, todo estaba justificado tres juegos de sábanas, una computadora, un
sofá para el living.
Además, para Bermúdez no era suficiente cubrir los
gastos habituales y comunes: el secreto de la felicidad consistía en el regalo
inesperado e inexplicable, como aquella historia que le contaron del preso que
tenía por única compañía una araña con su tela en el marco de la venta de la
prisión y se había consagrado a cazar moscas y dejarlas en la tela por el
placer de sorprender la corrida golosa de su protegida hacia la presa.
Algo que practicó, como comprar refrescos y masas de
confitería sin necesidad de que hubiera una fiesta, algún exótico pollo al
espiedo pronto para comer o la mágica jornada en un circo televisivo que el
pequeño atesoró en su memoria para siempre.
Pero además: muebles, ropa de abrigo, un televisor,
una cama confortable
y Pina volvía a desnudarse a
la luz de la veladora, y el espejo sobre la cómoda devolvía la espalda de Pina,
las sombras bajo los omóplatos y la curva final de la espalda; la luz le
vaciaba el vientre y Bermúdez dejaba vagar la mirada sobre el perfil de los
senos, le abría la cama para que volviera, abría sus miedos y en ellos se
introducía Pina sin saberlo; y lo erizaba, lo terminaba, le ponía un terciopelo
en los huesos
adornos para la sala, un timbre musical.
Pina y su hijo recibían extasiados los regalos, reían
solos, asombrados, con la alegría de los niños, y retribuían con un beso a
Bermúdez, que en la oscuridad solía mirar como en un sueño la silueta recortada
en el haz de luz de la puerta del baño, sabedor que la tendría mientras trajera
dinero- y ella presentía esa mirada, se ralentaba en movimientos pausados y se
dejaba admirar, se desnudaba perezosamente, regalándose halagada, hasta que se
le erguían los pezones-, y contenía la respiración hasta que llegaba hasta él
el perfume indeleble de la hembra sumisa y palpitante, el cuerpo sinuoso,
misterioso, siempre nuevo.
Pina soñaba.
Se hamacaba en una zona de ficción, de lo inaccesible
que nunca había llegado- que no podía llegar-, y que ahora traía el cuerno
inagotable de la abundancia, de una procedencia desconocida.
Vagaba perpleja por viejos sueños de apetito
insaciado, por primera vez reales sueños de comodidad imposibles: sueños de
acolchados para el frío, de chocolate espeso y tortas de crema, de comer en un
restorán y pedir lo que ella quisiera, de frutillas con chantilly y de frío que
ya no entra por la ventana. Palpaba viejos sueños de ya no añorar lo que otros
tienen, como una bicicleta deslumbrante, con timbre, viajar en taxi, comer
lechón una noche cualquiera, una radio propia – y entonces lamía el miembro con
ansia, lo buscaba, lo recorría, abría las nalgas gustosa y ya no le dolía-, o
una máquina de fotos o un celular.
Pero sobre todo, sueños infantiles de gastar sin
preocuparse de dónde brota el dinero.
Ayer García, que hace tiempo odia a Bermúdez porque
sospecha que es feliz, encontró atascados en el tubo de aire comprimido varios
remitos viejos. Hombre intuitivo, supo que algo no andaba bien y se lo dijo,
con placer, a Bermúdez, después de comunicarse con los dueños de la empresa,
que están ordenando un inventario.
Después, llamarán a la policía.
tarde
o temprano, se tendrá que decidir
quiere
hacerlo, yo lo sé, lo adivino
debe
renunciar a todo pero vacila; ha recorrido las calles con paso abstraído porque
nunca demoró tanto en volver y estuvo murmurando desde que llegó
lo
escuché protestarse violador de principios cardinales de su educación, y tal
vez pudo contarlo todo, pero para qué
ahora
sí
vacilará
más todavía, pero yo sé que vendrá a buscarme cuando tenga la convicción de que
me necesita
entonces
me sacará del cajón de la cómoda, cerrará su mano en torno de mi empuñadura,
pasará y enganchará el dedo índice por mi gatillo- sentirá mi frío, un ramalazo
de miedo duro y metálico que le infundirá valor-, me apoyará en su frente un
instante sublime, con los ojos a lo
lejos, con el pulso incontrolable, deseando el relámpago salvador, ya fuera de
toda autocompasión, y dedicará una fugaz visión a la silueta de esa mujer a
contraluz
yo
lo conozco
y
después me volverá cobardemente al cajón para continuar arrastrándose en su
mísera existencia deshonrada.
John Doe