lunes, 13 de agosto de 2012


La ilusión consiste en hacer creer.
Una papa es un castillo, una birome es un avión, una mesa es un portaaviones.
Y hacer que otros lo crean, es la tarea del ilusionista.
No hay mejores  ilusionistas que los ministros de economía: son los que hacen creer en el éxito y la prosperidad cuando en realidad no hay trabajo; son los que hablan de índices y porcentajes favorables cuando los impuestos suben todos los meses.
Son los que hacen creer razonablemente que es más barata la papa importada de Turquía que la que se puede cosechar de entre nuestros pies, o que es más accesible una camisa traída desde Taiwán que la que puede hacer un oficial camisero en un taller de la calle Colón.
Y a eso lo llaman situación real.
Si uno dice las mismas cosas, se le ríen en las espaldas, pero los ministros de economía pueden hacerlo y en realidad nadie se ríe.
Pueden proyectar la inflación que habrá en todo el año, y acertar o equivocarse. Pueden prever qué cotización tendrá el dólar para todo el quinquenio, y pueden acertar o equivocarse.
Pueden apoyar al MERCOSUR el lunes y desestimarlo el martes, confiar en la Unión Europea el miércoles y esperar un tratado directo con Estados Unidos el jueves, y el viernes explicar la desventaja comercial por el subsidio a los productos agrícolas que efectúan otros países y negarse kamikazemente a empatar el partido para rescatar algún náufrago de la industria nacional.
Pueden- ya lo han hecho- a última hora del viernes confiar y hacer confiar ciegamente en la pétrea e inamovible cotización del dólar, y devaluarlo sorpresivamente durante la noche del sábado.
Y todo ello dentro de la situación real.
Lo único que no saben hacer los ministros de economía- al igual que los que vaticinan el estado del tiempo para el fin de semana-, es decir públicamente me equivoqué.

                                (tomado de Boluding Choices)







EL CIELO DE ABAJO


estamos juntos: yo escondida y él sentado en la cama;
no puedo verlo pero sé que piensa en mí: deja vagar la mirada, que se le detiene apenas en el cuadrado luminoso de la ventana, por ahí se escapa como el humo, y como el humo se disuelve en el aire;
está inmóvil, pero cuando se levante vendrá a buscarme- es lo que siempre pasa-: no se ha sacado el saco ni la corbata: apenas murmura, y puedo adivinar que la transpiración le empapa las manos, que tiene marcadas las ojeras y las comisuras de los labio;.
desde que vino está sentado: me percibe, me presiente, me sospecha;
la pieza se está oscureciendo: siento que Bermúdez se levanta, se yergue, sé que me busca, que volveré a la vida,
pero no;
los pasos van hacia la ventana: titubea.
No obstante, algo que está en mi raza me dice que más tarde o más temprano tendrá que decidirse, que la espera se termina;
es como una premonición, como un perfume viejo y fragante que viene de lejos, del fondo de la tierra, algo inexplicable.

Bermúdez no habría podido contarle nadie cómo fue que conoció a Pina.
Él venía de dos fracasos matrimoniales y ya no esperaba a ninguna mujer en su vida. Vivía solo en una pieza de pensión: una cama, una cómoda, un montón secreto de odios, fantasmas y rencores- como calles entrecruzadas-, y un banderín del equipo de fútbol del barrio natal
el gol de la victoria al caer la tarde, el festejo intenso y desorbitado por el ascenso a la siguiente divisional, los abrazos, las copas interminables en la sede, entre los gritos y la alegría desenfrenada, y las fotos de los viejos ídolos; la salida en camiones a recorrer las calles con bocinas, gritos y matracas, vivando el nombre del club;
y de madrugada, Bermúdez, en la avenida, borracho, orinado en los pantalones, envuelto en la bandera del club, parado en una esquina, solo, desafiante, ronco; por la avenida vacía no había nadie a quién gritarle el gol, el triunfo
nadie
nadie a quién odiar, tampoco; ni siquiera el consuelo de una patrulla policial que lo detuviera: solamente permanecía ahí, como un muñeco

colgado de un clavo en la pared.
No había mucho más para decir. Pina, para él, no tenía pasado.
Apenas un divorcio y un hijo, y esto, a la hora de la primera cita era lo que menos importancia tenía, pero no para ella, que aún cuando ya estaba en ropa interior, se deshizo en lágrimas por el temor al embarazo, soportó el asedio, y Bermúdez, fastidiado, quedó decidido a no verla más.
Sin embargo, una tarde, inexplicablemente, se dejó caer por la casa de ella, y conoció a Esteban, el hijo, y se quedó a comer. Y después volvió, y volvió a volver.
Ella tenía una sonrisa triste y sabía escuchar: indagaba suavemente por el origen de las penas- porque sabía encontrar palabras de consuelo-, y las dispersaba evocando viejas alegrías. Era tierna y de suaves redondeces ajenamente cálida en el mundo árido, frío y hostil en que vivía él.
Bermúdez trabaja en un almacén de alimentos que se reparten a comercios menores. Es un galpón enorme y ruidoso, con camiones que entran y salen y obreros que cargan y descargan, y gritos y bocinas y chicharras, tuboluces fríos y reflejos de vidrios y latas en los plásticos que envuelven alimentos con colores chillones, y gases de escape de motores en el aire.
Lejos, arriba, en una oficina de vidrios y madera- una mínima casilla, en realidad-, trabaja Bermúdez, solamente unido al resto del depósito por un tubo de aire comprimido que sube remitos y baja cheques. Desbordado de papeles, cuando levanta los ojos del escritorio, apenas encuentra el reloj de pared y los lomos ordenados de las carpetas con su vacilante alfabeto indicador.
Solamente lo visita García, el capataz principal, que tiene por costumbre congraciarse sumisamente con los superiores, razón por la cual Bermúdez lo desprecia.

yo lo sé
de la misma manera que a los animales que hibernan algo les dice que llegó la primavera, algo en este oscuro encierro me dice que voy a volver a vivir, a ser útil;
es un nosequé, una constelación, una prefiguración, y llega como el agua mansa que desborda y avanza en los meandros por la arena: Bermúdez estuvo aquí, al lado mío, pero solamente un instante, para saber que yo estaba sumisamente en mi lugar: caminó unos pasos más, sacó una botella de grappa y la está tomando a sorbos pensativos
vacila: es la condición humana
pero vendrá a mí: hace mucho que espero y ahora más que nunca antes, todas las señales me lo indican
me necesita: yo lo sé

Salieron varias veces y un día- solamente cuando ella lo quiso, una tarde de sábado, lluviosa, Bermúdez la amó furiosamente en la pieza de un hotel, con una vitalidad que sabía que no tenía, en un estado febril de rabia contenida- ella era suave, hospitalaria-, y una vez que vació la necesidad de penetrarla y sentirse dentro de ella, cuando rozó la convicción de que ese cuerpo ya no tenía secretos para él- adormecía la cabeza entre los senos todavía duros y la respiración tibia-, le nació un sentimiento de protección, como un flujo viril de sangre nueva.
Con los ojos cerrados pasó lentamente las manos por aquel cuerpo, reconociendo los límites de su nueva posesión (y encontrando bajo aquello, como un rabdomante, un pozo de desamparo), y lo apretó suavemente, aspirando el aroma a mujer, relieve contra relieve, y se sintió eterno e inalcanzable.
Después se durmió y soñó que una ola de mar inundaba la pieza de pensión, barría los pasillos arrastrando muebles y desmoronaba el edificio.
Al día siguiente, Pina le pidió algo de dinero: el alquiler de la casa, la mutualista, la vergüenza de volver a desnudarse y dejar sobre la silla ropa interior vieja y gastada
Ema, una vieja amiga confidente le preguntó después a ella: ¿te ayuda?, Pina dijo y entonces Ema: ¡qué suerte tenés!: el sentimiento puede venir luego
y Bermúdez solucionó todo, entonces ella lo besó y se sintió respaldada.
Pero había más necesidades, muchas más. Y Pina pedía y Bermúdez no sabía negarse: un trajecito para salir, un cinturón, unos zapatos para verano, una mesa para el comedor- ella lo miraba con ternura, lo besaba en la comisura de los labios y se dejaba tomar por la cintura: igual si no podés, es lo mismo-, un aplique para la pared, una guitarra para el niño.
Bermúdez vendió lo poco que tenía, pero no alcanzaba.
Pidió prestado a los amigos y, cuando no pudo devolverlo, cayó en manos de Cohen, el prestamista un radiograbador, un curso de inglés sabiendo de antemano que no podría pagar un juego de ollas de línea moderna, un lavarropa, a una cocina de tres hornallas.
Entonces, en un acto frío de técnico administrativo –aunque las venas se le saltaban, se le anudaban las sienes, la boca era un cuero amargo sin saliva y sentía golpes en el pecho y en la cabeza-, estudió y encontró la manera de alterar las cifras de los remitos de mercaderías- sabía que era delito: se sentía el olor a miedo en la ropa-, de forma que le quedara un remanente de dinero en su poder.
Por dos noches tuvo dolor de  de cabeza, diarrea y un cansancio infinito: una alarma nebulosa, allá en las tinieblas le gritaba en lenguaje incomprensible,  y entendía un código oscuro olvidate de ella, basta, es una locura y él se despertaba de noche con dolores musculares
antes de conocerla, solo, en la pieza, oía el goteo abúlico de la cisterna del baño como quien oye el ruido de un hijo que juega en la pieza de al lado, mirando el cuadrado luminoso de la ventana cada vez más gris, y se le enfriaba el mate, se le moría entre las manos, la ventana se anochecía del todo y él se levantaba como muerto a encender la luz
pero a la tercera noche Pina, como un milagro,  lo esperó en la cama, desnuda, impaciente, y desató el incendio. Inquieta, imaginativa, atenta solo a Bermúdez, dándose apenas el respiro para dejarlo recuperarse, se montaba a horcajadas, infatigable: repasaba el sabor del cuerpo de Bermúdez, lo recorría desesperada, anhelante por recuperarlo, por vaciarlo.
Y la rindió la fatiga, se apagó con la primera luz del día, ya sin goces secretos, y de entonces en más, todo estaba justificado tres juegos de sábanas, una computadora, un sofá para el living.
Además, para Bermúdez no era suficiente cubrir los gastos habituales y comunes: el secreto de la felicidad consistía en el regalo inesperado e inexplicable, como aquella historia que le contaron del preso que tenía por única compañía una araña con su tela en el marco de la venta de la prisión y se había consagrado a cazar moscas y dejarlas en la tela por el placer de sorprender la corrida golosa de su protegida hacia la presa.
Algo que practicó, como comprar refrescos y masas de confitería sin necesidad de que hubiera una fiesta, algún exótico pollo al espiedo pronto para comer o la mágica jornada en un circo televisivo que el pequeño atesoró en su memoria para siempre.
Pero además: muebles, ropa de abrigo, un televisor, una cama confortable
y Pina volvía a desnudarse a la luz de la veladora, y el espejo sobre la cómoda devolvía la espalda de Pina, las sombras bajo los omóplatos y la curva final de la espalda; la luz le vaciaba el vientre y Bermúdez dejaba vagar la mirada sobre el perfil de los senos, le abría la cama para que volviera, abría sus miedos y en ellos se introducía Pina sin saberlo; y lo erizaba, lo terminaba, le ponía un terciopelo en los huesos
adornos para la sala, un timbre musical.
Pina y su hijo recibían extasiados los regalos, reían solos, asombrados, con la alegría de los niños, y retribuían con un beso a Bermúdez, que en la oscuridad solía mirar como en un sueño la silueta recortada en el haz de luz de la puerta del baño, sabedor que la tendría mientras trajera dinero- y ella presentía esa mirada, se ralentaba en movimientos pausados y se dejaba admirar, se desnudaba perezosamente, regalándose halagada, hasta que se le erguían los pezones-, y contenía la respiración hasta que llegaba hasta él el perfume indeleble de la hembra sumisa y palpitante, el cuerpo sinuoso, misterioso, siempre nuevo.
Pina soñaba.
Se hamacaba en una zona de ficción, de lo inaccesible que nunca había llegado- que no podía llegar-, y que ahora traía el cuerno inagotable de la abundancia, de una procedencia desconocida.
Vagaba perpleja por viejos sueños de apetito insaciado, por primera vez reales sueños de comodidad imposibles: sueños de acolchados para el frío, de chocolate espeso y tortas de crema, de comer en un restorán y pedir lo que ella quisiera, de frutillas con chantilly y de frío que ya no entra por la ventana. Palpaba viejos sueños de ya no añorar lo que otros tienen, como una bicicleta deslumbrante, con timbre, viajar en taxi, comer lechón una noche cualquiera, una radio propia – y entonces lamía el miembro con ansia, lo buscaba, lo recorría, abría las nalgas gustosa y ya no le dolía-, o una máquina de fotos o un celular.
Pero sobre todo, sueños infantiles de gastar sin preocuparse de dónde brota el dinero.

Ayer García, que hace tiempo odia a Bermúdez porque sospecha que es feliz, encontró atascados en el tubo de aire comprimido varios remitos viejos. Hombre intuitivo, supo que algo no andaba bien y se lo dijo, con placer, a Bermúdez, después de comunicarse con los dueños de la empresa, que están ordenando un inventario.
Después, llamarán a la policía.

tarde o temprano, se tendrá que decidir
quiere hacerlo, yo lo sé, lo adivino
debe renunciar a todo pero vacila; ha recorrido las calles con paso abstraído porque nunca demoró tanto en volver y estuvo murmurando desde que llegó
lo escuché protestarse violador de principios cardinales de su educación, y tal vez pudo contarlo todo, pero para qué
ahora sí
vacilará más todavía, pero yo sé que vendrá a buscarme cuando tenga la convicción de que me necesita
entonces me sacará del cajón de la cómoda, cerrará su mano en torno de mi empuñadura, pasará y enganchará el dedo índice por mi gatillo- sentirá mi frío, un ramalazo de miedo duro y metálico que le infundirá valor-, me apoyará en su frente un instante sublime, con  los ojos a lo lejos, con el pulso incontrolable, deseando el relámpago salvador, ya fuera de toda autocompasión, y dedicará una fugaz visión a la silueta de esa mujer a contraluz
yo lo conozco
y después me volverá cobardemente al cajón para continuar arrastrándose en su mísera existencia deshonrada.


                                 John Doe

NEGRO


Negro que corre y gana
con los colores de Inglaterra
Francia, Holanda,
Estados Unidos:
concentrado en su carrera parece no saber
que sus antepasados fueron esclavos transportados
por esa misma Inglaterra,
Francia, Holanda, Portugal.
junto con otros que nunca llegaron a destino,
muertos a hierro y pólvora
 y arrojados al mar.
Robados, secuestrados, embarcados por una Compañía
donde la Reina era accionista:
vendidos como esclavos:
-mercancía, materia prima-.
a los cafetales de Brasil, pasto de perros Fila,
a los algodonales de Estados Unidos, presa del Gran Dragón
del KuKlux Klan
para mayor gloria de la supremacía blanca


Y este negro corre y gana
con su legítima sonrisa
luciendo en su pecho y en su sueldo
los colores de los que esclavizaron
mataron/violaron/descuartizaron/ quemaron
a generaciones de su familia
por quinientos años.

Veloz Tío Tom de la pista, ganador de la medalla
olímpica:
hoy tiene doble ración.

Se ganó el día



                                                                            John Doe

sábado, 11 de agosto de 2012


DIOS


¿Y si fuera cierto que existe?

Si fuera cierto
no sé
¿no sería bueno
acompañarlo al psiquiatra?

Tanto poder
digo yo
tanto poder
capaz que le ha corrompido el alma.


                              de "Perros sueltos", de John Doe


UN CLÁSICO

 

 

 


Hace años, un estudiante de Preparatorios del IAVA se despertó una mañana  después de un sueño intranquilo

En pocos días debía rendir Literatura, y quien presidía la mesa examinadora era un profesor célebre por lo riguroso.

Después de mucho estudiar (pasaba las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio, de poco dormir y  mucho leer), esa mañana había jugado al fútbol como distracción.

Ésta es la transcripción  de aquel sueño.




CANTO   I


 1  Canta, oh, Diosa las consecuencias de aquel banquete de imposible memoria, en el rururbano barrio de Las Pajas, violador de hombres, que amontona famas  como el viento amontona diarios contra un tejido de alambre,  cuando en medio de las risas y las chanzas producidas por el oscuro y vinoso producto de las bodegas de Canelones y entre los restos serpentinosos de los tallarines, sacrificados en honor al dios Domingo, de rubicundo rostro, alguien alzó su copa y dijo:
8  -“¡Amigos!: sabed que tengo bajo mi influencia un selecto grupo de atletas altos como abetos y rubios como el trigo besado por el magnífico sol matutino cuando sale en el cielo límpido de nubes en las mejores mañanas de diciembre, y de igual manera que el mormaso caliginoso de verano, este equipo abochorna a cualquier rival que ose disputarle un encuentro de balompié, sea en la gramilla salvaje de los dilatados campos demarcados a la cal, o en la  arenosa playa junto al ancho y tormentoso mar, asolador de muelles.
16   Este equipo ha comparado habilidades con similares combinaciones de  hombres provenientes de otras latitudes, así de la arbolada Buceo de marino aliento, como del árido Cerrito, en cuarteles abundoso, o del umbrío Prado, regado por el amarronado y nauseabundo Miguelete, y en todo momento la justicia ha sonreído a estos hombres de hermoso porte y olímpico linaje, a estos futbolers de tremolante jopo. Y así como en el caliginoso verano las moscas se amontonan en torno a los restos de la fruta de la feria, así se amontonan los goles en los arcos adversarios, resultado invariable y catastrófico hasta  que mis hombres deciden romper su orden de batalla.”
26  Así se expresó. Abstuviéronse de comer todos los comensales y pronto quedaron todos silenciosos.
28  Pero otro participante del banquete, hermano de la esposa del que había hablado, y que tenía las entrañas negras de muchos años de infundados celos, y ofuscado en su corazón por las torpes alabanzas, se levantó y dijo:
31  -“Cuñado Tito, hijo de Pocho: ¡qué palabras proferiste! ¡Cómo se nota que tu equipo de colegiales nunca se enfrentó con un aguerrido y atildado equipo de varones! Así como el mar acumula pequeñas olas marrones contra la orilla de la playa cuando sopla el viento del sur en las tormentas de agosto, así acumulaste pavadas sin sentido con fértil imaginación de niño”.
37  “¿Acaso quieres provocarnos la ululante carcajada, provocadora de funestos paros cardiorrespiratorios? No te ocultaré mi pensamiento, para que lo sepas, aunque me mires con torva faz: el equipo de yo dirijo, todos de jovial linaje, provoca el espanto adonde quiera que visitemos a los ocasionales y atribulados contrincantes,  ya que sus extremidades inferiores están consagradas desde la cuna a los dioses Obdulio y Nasazzi, y ciñen sus medias en combate con las ínfulas del dios Míguez, de sorpresivo disparo,  y no evitan el turbulento arte del funesto Marte cuando se enfrentan a los belicosos adversarios del ventoso Capurro, al Cooper del marginal Carrasco  norte, o a los Pachas del arenoso Malvín. Son innumerables como las estrellas de la inmensa noche los equipos que nos han visto partir en los camiones de oscuros toldos, derramando ellos  amargas lágrimas de áspero e impotente rencor, y no pocos los que - después de la funesta derrota-, escucharon las aladas palabras de la diosa Sabiduría y en adelante se dedicaron al elegante ballet o al paciente Corte y Confección, como debería hacer tu equipo desde ya.”
53   Así habló, y otros comensales se carcajearon con sorna  propia de las libaciones y algunos efectuaron ventosas pullas. Pero quien había hablado en primer término, con el corazón negro como  los restos de vino en el mantel, le contestó:
57  -“Ah, imprudente y borracho, que diriges un equipo porque no te atreviste a arriesgar las veloces piernas en el empeñoso deporte frente a los perniciosos zagueros centrales porque te provocaba la funesta diarrea, destructora de hombres! ¿Qué dios te ha insuflado el viril entusiasmo?
Pero, vamos, ea, enfrentemos nuestros equipos en la bien terraplenada cancha Relámpago el próximo domingo y sepan todos cuál es el equipo más viril e impetuoso.”




CANTO    U


64  Apenas la divinal Aurora, la de los dedos rosados, que -se dice- subía al Olimpo a anunciar el día, hubo terminado su turno de  seis horas y se encaminaba de vuelta a su hogar, aparecieron en la cancha de belicosos pastos los equipos desafiantes


68   Fue a eso de los veintitrés minutos cuando Donato, hijo de Giacumín de los arrabales de Catanzaro, que había venido a esta lid después de  levantar cajones de verdura y cortar queso duro a cuchilla en la feria y en la flor de la edad, se enfrentó a Sixto, de padre desconocido, pero criado por un portugués en un barrio de calles regadas por aguas verdes de los caños rotos, compartiendo toda la dieta, menos el vino, con los roncófonos suinos, que criaba su tutelador.
 75  Y avanzó Donato, el del pecho fecundo en las ferias vecinales para anunciar las ofertas del día, el más veloz de su barrio para huir con los huevos de tero sin ser alcanzado por las púas de las alas de los progenitores ,y corrió con las  intrépidas piernas de pedalear para los mandados, cuando Sixto lo taló levantando el velocípedo pie calzado con zapatos de vieja data, forrados de cuero de vaca difunta en tiempos de Batlle Berres, bendito por los goles de Solé en épocas de Schiaffino y Reinaldo Martino, conservados en armario de roble de larga tradición familiar y no olvidados sino reverenciados por su prosapia, legendarios por su edad provecta,  y amparados en grasa de Vaca, sacrificada en honor de Abasto, dios de los frigoríficos .
86  Y cayó, Donato, abandonado por los  dioses tutelares del equilibrio, y rodó por el verde suelo, y los dioses del Olimpo ni se dieron por enterados.  88  Después levantóse,  envuelto en  negra furia  y descreyó del linaje  de quien tenía enfrente,  confundiéndolo con otro, a quien dirigió estas aladas palabras:
91  -“¡Hijo de Puskas, número 10 del Real de Madrid y  anteriormente de la Selección húngara, que nos ganó en Suiza por 4 a 2 en 1954, dejándonos en el cuarto puesto!”
94   Pero Sixto, viéndose llamado por otro nombre y atribuida otra prosapia y creyendo que Donato estaba influido por Caos, el dios de la confusión, trató de despertarlo y cerrando el puño derecho, el de hacer correr a los roncófonos suinos para hacerse lugar en el chiquero, lo impulsó contra la cabeza del interpelante, y sobre éste descendió el negro Sueño.
99  Pero a él, a Sixto,  acometiólo Manuel, hijo de Higinio, herrero como Hefestos pero nacido en El Ferrol, a  quien los dioses tutelares le enseñaban el mismo oficio paterno a los efectos de que algún día se ganara la vida, y cuya popular destreza en entender las cosas le había ganado el epíteto de Cabeza de Piedra.
104  Y acercóse Manuel como para verlo de cerca y acertó a golpearlo con su frente de despejar las dudas y fue terrible el choque y sobre Sixto descendieron las sombras de la noche.
107  Y entonces fue que se allegó  Primitivo, hijo de Uberfil, todos de oscuras facciones y negros ancestros, cuyo linaje se remontaba a las selvas de Mozambique, pero que, en tiempos remotos se transportaron a América y allí mezclaron ancestros con portugueses, españoles, charrúas, yaros, bohanes y guenoas, amén de cabindas, congos, zulúes y yorubas, particularmente del barrio Palermo y el Puerto Rico.
113  Y se allegó Primitivo,  levantó el velocípedo pie de shotear los tiros libres y los saques de arco y lo dirigió con aviesas intenciones al plexo solar de Manuel, quien alcanzó a distinguir el vinoso aliento de otros camaradas de medias transpiradas o sudadas que se acercaban también  a felicitar a los rivales de jovial linaje por su caballerosidad y a separar a quien estuviera ofuscado por alguna  contractura ocasional, y a hacerle alguna ofrenda al dios Vino  Potro, homicida de hombres.
120  Entonces intervino la diosa Prudencia, tomando la forma del Pileta Martínez, valiente en combate contra las morcillas, sobre todo las saladas, y sacó fuera del campo a Cabeza de Piedra para reforzarle los diarios que llevaba arrollados a manera de canilleras bajo las medias
124  Y finalmente, tras celebrar consejo los dioses y deliberar un rato, se aprobó por tres quintos de los votos enviar en comisión al dios Empate, quien bajo la forma de lluvia intempestiva y violenta dispersó a los ejércitos, los transformó en vecinos del barrio, y dejó la cancha peor que antes.



                                       aeda John Doe

 MOMENTO TRASCENDENTAL





Holmes Rodríguez Villavicencio escribió su primer soneto a los nueve años, de una sola vez y para siempre, rodeado de tres de los más insignes narradores, ensayistas, dramaturgos y poetas de la generación más renombrada y tenida por la más sublime en los barrios más cultos y conocedores de Montevideo, es decir, por La Gente Que Nunca Se Equivoca.
Usó, el niño, una hoja de papel que le cedió uno de ellos, que era pintor abstracto- impresionado, según dijo  desde entonces, y por años después, en un reportaje en tevé difundido en horarios centrales, resumen de todo lo dicho desde entonces en revistas, diarios y semanarios, por la mirada profunda y luminosa con que la solicitó-,  y la birome que le prestó el otro de los presentes, escultor en hierro y chatarra, que estaba seguro- como comentó después y para siempre  en una entrevista para la tevé europea y que después fue recogido, ampliado y revisitado en una extensa autobiografía prologada por cuatro ministros de la Educación y La Cultura- que de allí saldría- sin lugar a dudas-, una obra maestra.
El tercer integrante de los testigos era el propio padre de quien después, con el correr de los meses, sería nada menos que Rodríguez Villavicencio, y  en ese momento siempre recordó- en los reportajes a seis semanarios de la órbita sudamericana y mundial y también en las reuniones familiares restringidas, es decir, en aquellas en que podía hablar libremente de su hijo con la seguridad de que sería cabalmente entendido- que las palabras del futuro escritor fueron Voy a escribir un soneto, así, sin ripios innecesarios y en presencia de tres  monumentos del arte del país  por padrinos, como si fuera fácil pensarlo, atreverse, decirlo y escribirlo y nada menos que de un tirón.
Pero tampoco era tan imposible, porque el niño- poeta era nieto de un Senador y bisnieto de un Diputado.
Demás está decir que todo esto fue amplio campo de investigación y profundización por parte de periodistas, profesores y estudiantes y aprendices de locución periodística y objeto de material para Ensayos sobre El Arte, Los Artistas, Lo Bello, Lo Profundo, y Filosofía del Arte, hasta formar una vasta Biblioteca que fue, del mismo modo, vastamente ignorada por las Universidades europeas, no obstante haber sido llevadas hasta allí por Senadores y Diputados amigos de los padrinos del niño.
A menos de tres metros del lugar, en aquel momento mágico, sentada en un puff, estaba la madre, fumando un  Malrborough- como después y hasta su fallecimiento a los  108 años siguió contando cada vez que se lo pedían (y si no también), en todos los medios de prensa y en todas las conversaciones con quien quiera que fuese y sin aviso previo-, justo el día en que estrenaba un  palazzo color frambuesa y cuando terminaba de mirar un cuadro de Picasso  del período azul – que no recordaba bien cuál era, dado que ella tenía varios porque su padre y su abuelo siempre habían sido pintores y habían estudiado con los más notables Maestros de aquí y de todas partes y ella, de niña, se había sentado en las rodillas de todos ellos y recordaba, enfáticamente , que todos ellos eran  a- mo- ro- sos,  -fue entonces cuando sintió en el aire como un yoqueséqué y lo miró a su Niño, porque pensó Nunú va a hacer algo grande ahora. Y que conste que ella lo llamó siempre Nunú, pero después que él escribió aquel soneto ma-ra-vi-llo-so solamente se lo decía si era que no había testigos delante – porque a él no le gustaba-, y solamente cuando le servía el postre, que era flan con dulce de leche, y que a él le gustaba solamente si se lo hacía ella.
Después de aquel suceso tan trascendente y que impactó a todos los testigos- es decir media hora después-, Rodríguez Villavicencio comenzó a escribir las primeras palabras de lo que podría considerarse su Prólogo a las Obras Completas, lo que indica a las claras que ya tenía en mente todo lo que iría a escribir más tarde.
En virtud de la publicidad generada por El Soneto, a los once años se le otorgó una beca de un mes  para estudiar en París, oportunidad en que aprovechó para visitar Tánger, Marruecos, Grecia, Albania, Alemania, Suecia, Finlandia, Afganistán e Italia.
A los trece fue Master en  Literatura Pornográfica, y a los quince, exhausto, comenzó a graduarse como Profesor Eminente  en Literaturas Anglosajonas en Londres, en Filología en Alemania, en Semiótica en Italia, en Fisiología de la Palabra en Francia, en Hermenéutica en Estados Unidos, en Lenguas Vivas en la callecita de Hamburgo.
Actualmente dicta cursos de posgrado en Princeton, Connecticut, Detroit, Albuquerque, Yokohama, Berlín y Viena, explicando qué quiso decir en aquel soneto, escrito a los nueve años.


                                         tomado de "Biografías apócrifas" de El Quía