lunes, 13 de agosto de 2012


EL CIELO DE ABAJO


estamos juntos: yo escondida y él sentado en la cama;
no puedo verlo pero sé que piensa en mí: deja vagar la mirada, que se le detiene apenas en el cuadrado luminoso de la ventana, por ahí se escapa como el humo, y como el humo se disuelve en el aire;
está inmóvil, pero cuando se levante vendrá a buscarme- es lo que siempre pasa-: no se ha sacado el saco ni la corbata: apenas murmura, y puedo adivinar que la transpiración le empapa las manos, que tiene marcadas las ojeras y las comisuras de los labio;.
desde que vino está sentado: me percibe, me presiente, me sospecha;
la pieza se está oscureciendo: siento que Bermúdez se levanta, se yergue, sé que me busca, que volveré a la vida,
pero no;
los pasos van hacia la ventana: titubea.
No obstante, algo que está en mi raza me dice que más tarde o más temprano tendrá que decidirse, que la espera se termina;
es como una premonición, como un perfume viejo y fragante que viene de lejos, del fondo de la tierra, algo inexplicable.

Bermúdez no habría podido contarle nadie cómo fue que conoció a Pina.
Él venía de dos fracasos matrimoniales y ya no esperaba a ninguna mujer en su vida. Vivía solo en una pieza de pensión: una cama, una cómoda, un montón secreto de odios, fantasmas y rencores- como calles entrecruzadas-, y un banderín del equipo de fútbol del barrio natal
el gol de la victoria al caer la tarde, el festejo intenso y desorbitado por el ascenso a la siguiente divisional, los abrazos, las copas interminables en la sede, entre los gritos y la alegría desenfrenada, y las fotos de los viejos ídolos; la salida en camiones a recorrer las calles con bocinas, gritos y matracas, vivando el nombre del club;
y de madrugada, Bermúdez, en la avenida, borracho, orinado en los pantalones, envuelto en la bandera del club, parado en una esquina, solo, desafiante, ronco; por la avenida vacía no había nadie a quién gritarle el gol, el triunfo
nadie
nadie a quién odiar, tampoco; ni siquiera el consuelo de una patrulla policial que lo detuviera: solamente permanecía ahí, como un muñeco

colgado de un clavo en la pared.
No había mucho más para decir. Pina, para él, no tenía pasado.
Apenas un divorcio y un hijo, y esto, a la hora de la primera cita era lo que menos importancia tenía, pero no para ella, que aún cuando ya estaba en ropa interior, se deshizo en lágrimas por el temor al embarazo, soportó el asedio, y Bermúdez, fastidiado, quedó decidido a no verla más.
Sin embargo, una tarde, inexplicablemente, se dejó caer por la casa de ella, y conoció a Esteban, el hijo, y se quedó a comer. Y después volvió, y volvió a volver.
Ella tenía una sonrisa triste y sabía escuchar: indagaba suavemente por el origen de las penas- porque sabía encontrar palabras de consuelo-, y las dispersaba evocando viejas alegrías. Era tierna y de suaves redondeces ajenamente cálida en el mundo árido, frío y hostil en que vivía él.
Bermúdez trabaja en un almacén de alimentos que se reparten a comercios menores. Es un galpón enorme y ruidoso, con camiones que entran y salen y obreros que cargan y descargan, y gritos y bocinas y chicharras, tuboluces fríos y reflejos de vidrios y latas en los plásticos que envuelven alimentos con colores chillones, y gases de escape de motores en el aire.
Lejos, arriba, en una oficina de vidrios y madera- una mínima casilla, en realidad-, trabaja Bermúdez, solamente unido al resto del depósito por un tubo de aire comprimido que sube remitos y baja cheques. Desbordado de papeles, cuando levanta los ojos del escritorio, apenas encuentra el reloj de pared y los lomos ordenados de las carpetas con su vacilante alfabeto indicador.
Solamente lo visita García, el capataz principal, que tiene por costumbre congraciarse sumisamente con los superiores, razón por la cual Bermúdez lo desprecia.

yo lo sé
de la misma manera que a los animales que hibernan algo les dice que llegó la primavera, algo en este oscuro encierro me dice que voy a volver a vivir, a ser útil;
es un nosequé, una constelación, una prefiguración, y llega como el agua mansa que desborda y avanza en los meandros por la arena: Bermúdez estuvo aquí, al lado mío, pero solamente un instante, para saber que yo estaba sumisamente en mi lugar: caminó unos pasos más, sacó una botella de grappa y la está tomando a sorbos pensativos
vacila: es la condición humana
pero vendrá a mí: hace mucho que espero y ahora más que nunca antes, todas las señales me lo indican
me necesita: yo lo sé

Salieron varias veces y un día- solamente cuando ella lo quiso, una tarde de sábado, lluviosa, Bermúdez la amó furiosamente en la pieza de un hotel, con una vitalidad que sabía que no tenía, en un estado febril de rabia contenida- ella era suave, hospitalaria-, y una vez que vació la necesidad de penetrarla y sentirse dentro de ella, cuando rozó la convicción de que ese cuerpo ya no tenía secretos para él- adormecía la cabeza entre los senos todavía duros y la respiración tibia-, le nació un sentimiento de protección, como un flujo viril de sangre nueva.
Con los ojos cerrados pasó lentamente las manos por aquel cuerpo, reconociendo los límites de su nueva posesión (y encontrando bajo aquello, como un rabdomante, un pozo de desamparo), y lo apretó suavemente, aspirando el aroma a mujer, relieve contra relieve, y se sintió eterno e inalcanzable.
Después se durmió y soñó que una ola de mar inundaba la pieza de pensión, barría los pasillos arrastrando muebles y desmoronaba el edificio.
Al día siguiente, Pina le pidió algo de dinero: el alquiler de la casa, la mutualista, la vergüenza de volver a desnudarse y dejar sobre la silla ropa interior vieja y gastada
Ema, una vieja amiga confidente le preguntó después a ella: ¿te ayuda?, Pina dijo y entonces Ema: ¡qué suerte tenés!: el sentimiento puede venir luego
y Bermúdez solucionó todo, entonces ella lo besó y se sintió respaldada.
Pero había más necesidades, muchas más. Y Pina pedía y Bermúdez no sabía negarse: un trajecito para salir, un cinturón, unos zapatos para verano, una mesa para el comedor- ella lo miraba con ternura, lo besaba en la comisura de los labios y se dejaba tomar por la cintura: igual si no podés, es lo mismo-, un aplique para la pared, una guitarra para el niño.
Bermúdez vendió lo poco que tenía, pero no alcanzaba.
Pidió prestado a los amigos y, cuando no pudo devolverlo, cayó en manos de Cohen, el prestamista un radiograbador, un curso de inglés sabiendo de antemano que no podría pagar un juego de ollas de línea moderna, un lavarropa, a una cocina de tres hornallas.
Entonces, en un acto frío de técnico administrativo –aunque las venas se le saltaban, se le anudaban las sienes, la boca era un cuero amargo sin saliva y sentía golpes en el pecho y en la cabeza-, estudió y encontró la manera de alterar las cifras de los remitos de mercaderías- sabía que era delito: se sentía el olor a miedo en la ropa-, de forma que le quedara un remanente de dinero en su poder.
Por dos noches tuvo dolor de  de cabeza, diarrea y un cansancio infinito: una alarma nebulosa, allá en las tinieblas le gritaba en lenguaje incomprensible,  y entendía un código oscuro olvidate de ella, basta, es una locura y él se despertaba de noche con dolores musculares
antes de conocerla, solo, en la pieza, oía el goteo abúlico de la cisterna del baño como quien oye el ruido de un hijo que juega en la pieza de al lado, mirando el cuadrado luminoso de la ventana cada vez más gris, y se le enfriaba el mate, se le moría entre las manos, la ventana se anochecía del todo y él se levantaba como muerto a encender la luz
pero a la tercera noche Pina, como un milagro,  lo esperó en la cama, desnuda, impaciente, y desató el incendio. Inquieta, imaginativa, atenta solo a Bermúdez, dándose apenas el respiro para dejarlo recuperarse, se montaba a horcajadas, infatigable: repasaba el sabor del cuerpo de Bermúdez, lo recorría desesperada, anhelante por recuperarlo, por vaciarlo.
Y la rindió la fatiga, se apagó con la primera luz del día, ya sin goces secretos, y de entonces en más, todo estaba justificado tres juegos de sábanas, una computadora, un sofá para el living.
Además, para Bermúdez no era suficiente cubrir los gastos habituales y comunes: el secreto de la felicidad consistía en el regalo inesperado e inexplicable, como aquella historia que le contaron del preso que tenía por única compañía una araña con su tela en el marco de la venta de la prisión y se había consagrado a cazar moscas y dejarlas en la tela por el placer de sorprender la corrida golosa de su protegida hacia la presa.
Algo que practicó, como comprar refrescos y masas de confitería sin necesidad de que hubiera una fiesta, algún exótico pollo al espiedo pronto para comer o la mágica jornada en un circo televisivo que el pequeño atesoró en su memoria para siempre.
Pero además: muebles, ropa de abrigo, un televisor, una cama confortable
y Pina volvía a desnudarse a la luz de la veladora, y el espejo sobre la cómoda devolvía la espalda de Pina, las sombras bajo los omóplatos y la curva final de la espalda; la luz le vaciaba el vientre y Bermúdez dejaba vagar la mirada sobre el perfil de los senos, le abría la cama para que volviera, abría sus miedos y en ellos se introducía Pina sin saberlo; y lo erizaba, lo terminaba, le ponía un terciopelo en los huesos
adornos para la sala, un timbre musical.
Pina y su hijo recibían extasiados los regalos, reían solos, asombrados, con la alegría de los niños, y retribuían con un beso a Bermúdez, que en la oscuridad solía mirar como en un sueño la silueta recortada en el haz de luz de la puerta del baño, sabedor que la tendría mientras trajera dinero- y ella presentía esa mirada, se ralentaba en movimientos pausados y se dejaba admirar, se desnudaba perezosamente, regalándose halagada, hasta que se le erguían los pezones-, y contenía la respiración hasta que llegaba hasta él el perfume indeleble de la hembra sumisa y palpitante, el cuerpo sinuoso, misterioso, siempre nuevo.
Pina soñaba.
Se hamacaba en una zona de ficción, de lo inaccesible que nunca había llegado- que no podía llegar-, y que ahora traía el cuerno inagotable de la abundancia, de una procedencia desconocida.
Vagaba perpleja por viejos sueños de apetito insaciado, por primera vez reales sueños de comodidad imposibles: sueños de acolchados para el frío, de chocolate espeso y tortas de crema, de comer en un restorán y pedir lo que ella quisiera, de frutillas con chantilly y de frío que ya no entra por la ventana. Palpaba viejos sueños de ya no añorar lo que otros tienen, como una bicicleta deslumbrante, con timbre, viajar en taxi, comer lechón una noche cualquiera, una radio propia – y entonces lamía el miembro con ansia, lo buscaba, lo recorría, abría las nalgas gustosa y ya no le dolía-, o una máquina de fotos o un celular.
Pero sobre todo, sueños infantiles de gastar sin preocuparse de dónde brota el dinero.

Ayer García, que hace tiempo odia a Bermúdez porque sospecha que es feliz, encontró atascados en el tubo de aire comprimido varios remitos viejos. Hombre intuitivo, supo que algo no andaba bien y se lo dijo, con placer, a Bermúdez, después de comunicarse con los dueños de la empresa, que están ordenando un inventario.
Después, llamarán a la policía.

tarde o temprano, se tendrá que decidir
quiere hacerlo, yo lo sé, lo adivino
debe renunciar a todo pero vacila; ha recorrido las calles con paso abstraído porque nunca demoró tanto en volver y estuvo murmurando desde que llegó
lo escuché protestarse violador de principios cardinales de su educación, y tal vez pudo contarlo todo, pero para qué
ahora sí
vacilará más todavía, pero yo sé que vendrá a buscarme cuando tenga la convicción de que me necesita
entonces me sacará del cajón de la cómoda, cerrará su mano en torno de mi empuñadura, pasará y enganchará el dedo índice por mi gatillo- sentirá mi frío, un ramalazo de miedo duro y metálico que le infundirá valor-, me apoyará en su frente un instante sublime, con  los ojos a lo lejos, con el pulso incontrolable, deseando el relámpago salvador, ya fuera de toda autocompasión, y dedicará una fugaz visión a la silueta de esa mujer a contraluz
yo lo conozco
y después me volverá cobardemente al cajón para continuar arrastrándose en su mísera existencia deshonrada.


                                 John Doe

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