La ilusión consiste en hacer creer.
Una papa es un castillo, una birome es un avión, una
mesa es un portaaviones.
Y hacer que otros lo crean, es la tarea del
ilusionista.
No hay mejores
ilusionistas que los ministros de economía: son los que hacen creer en
el éxito y la prosperidad cuando en realidad no hay trabajo; son los que hablan
de índices y porcentajes favorables cuando los impuestos suben todos los meses.
Son los que hacen creer razonablemente que es más
barata la papa importada de Turquía que la que se puede cosechar de entre
nuestros pies, o que es más accesible una camisa traída desde Taiwán que la que
puede hacer un oficial camisero en un taller de la calle Colón.
Y a eso lo llaman situación real.
Si uno dice las mismas cosas, se le ríen en las
espaldas, pero los ministros de economía pueden hacerlo y en realidad nadie se
ríe.
Pueden proyectar la inflación que habrá en todo el
año, y acertar o equivocarse. Pueden prever qué cotización tendrá el dólar para
todo el quinquenio, y pueden acertar o equivocarse.
Pueden apoyar al MERCOSUR el lunes y desestimarlo el
martes, confiar en la Unión Europea el miércoles y esperar un tratado directo
con Estados Unidos el jueves, y el viernes explicar la desventaja comercial por
el subsidio a los productos agrícolas que efectúan otros países y negarse
kamikazemente a empatar el partido para rescatar algún náufrago de la industria
nacional.
Pueden- ya lo han hecho- a última hora del viernes
confiar y hacer confiar ciegamente en la pétrea e inamovible cotización del
dólar, y devaluarlo sorpresivamente durante la noche del sábado.
Y todo ello dentro de la situación real.
Lo único que no saben hacer los ministros de
economía- al igual que los que vaticinan el estado del tiempo para el fin de
semana-, es decir públicamente me equivoqué.
(tomado de Boluding Choices)
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