lunes, 13 de agosto de 2012


La ilusión consiste en hacer creer.
Una papa es un castillo, una birome es un avión, una mesa es un portaaviones.
Y hacer que otros lo crean, es la tarea del ilusionista.
No hay mejores  ilusionistas que los ministros de economía: son los que hacen creer en el éxito y la prosperidad cuando en realidad no hay trabajo; son los que hablan de índices y porcentajes favorables cuando los impuestos suben todos los meses.
Son los que hacen creer razonablemente que es más barata la papa importada de Turquía que la que se puede cosechar de entre nuestros pies, o que es más accesible una camisa traída desde Taiwán que la que puede hacer un oficial camisero en un taller de la calle Colón.
Y a eso lo llaman situación real.
Si uno dice las mismas cosas, se le ríen en las espaldas, pero los ministros de economía pueden hacerlo y en realidad nadie se ríe.
Pueden proyectar la inflación que habrá en todo el año, y acertar o equivocarse. Pueden prever qué cotización tendrá el dólar para todo el quinquenio, y pueden acertar o equivocarse.
Pueden apoyar al MERCOSUR el lunes y desestimarlo el martes, confiar en la Unión Europea el miércoles y esperar un tratado directo con Estados Unidos el jueves, y el viernes explicar la desventaja comercial por el subsidio a los productos agrícolas que efectúan otros países y negarse kamikazemente a empatar el partido para rescatar algún náufrago de la industria nacional.
Pueden- ya lo han hecho- a última hora del viernes confiar y hacer confiar ciegamente en la pétrea e inamovible cotización del dólar, y devaluarlo sorpresivamente durante la noche del sábado.
Y todo ello dentro de la situación real.
Lo único que no saben hacer los ministros de economía- al igual que los que vaticinan el estado del tiempo para el fin de semana-, es decir públicamente me equivoqué.

                                (tomado de Boluding Choices)






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