sábado, 18 de mayo de 2013
LA MADRE, LAS MADRES
Zeus, impenitente seductor, se le insinúa a Alcmene, que no se resiste. Buena muchacha griega- de las mejores de su clase- percibe la identidad del donador de esperma y pide que su hijo sea el más fuerte y el más valiente.
Alégrate, tú, que has dado al mundo al más valiente de sus hijos. Cada aquea, sosteniendo a su hijo en las rodillas, cantará a Alcmene, llamándola por su nombre hasta el fin del día. Y serás venerada por el pueblo de Argos”.
Y no hay nada que seduzca más a una mujer que las demás la alaben por las hazañas de su hijo, sobre todo cuando éstas son las que se corresponden con lo que las demás también quieren: un guerrero, y triunfador.
Mucho tiempo después, Jehová- transformado en El Espíritu- procrea en María- esta vez, sin consentimiento-, y le anuncia que su hijo será rey.
El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te hará sombra, por lo cual lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.
Y la destacará: bendita entre todas las mujeres.
Tal vez por eso, no pidió nada para su hijo.
Aquella, la griega, la del hijo fuerte y valiente quedó opacada por el hijo- aunque todos los griegos sabían quién era-, pero fue aceptada por toda una civilización que también honraba a Hera, a Pallas Atenea, a Afrodita, a Hécate- o Ékate-, a Artemisa.
La otra, la palestina, recién fue aceptada en 1854 cuando la Encíclica Ineffabilis la acepta como culto integrado. Los bronces y las fanfarrias de los ejércitos de David, inspirados y aleccionados por Jehová, los dicterios contra reyes infieles, la querella de las investiduras, las condenas por brujería y paganismo, las llamas y los hierros de la Inquisición, cedieron un espacio para la mujer que paría un hijo, después de un trámite de tantos años.
Después tantos siglos de muerte y destrucción, los interlocutores del Señor ponían un poco de amor y esperanza para que creciera- si le era posible-, entre tanto mandamiento.
Las civilizaciones- principalmente, los países que la llevaron adelante-, siempre necesitaron un dios propicio, local, que legalizara e impulsara a sus ejércitos para que éstos abrieran el paso al comercio ventajoso y a la mano de obra esclava. Todos los dioses necesitaban sacrificios para aplacarse y ser honrados, pero ninguno fue tan apreciado como el de los jóvenes.
Niños y jóvenes, en ese orden o en el mismo rango, los jóvenes iban a integrar los ejércitos, y los niños resultaban inevitablemente las victimas a su paso.
Los jóvenes tenían que ser fuertes y valientes como aquel hijo de Alcmene (y todavía resuenan, cercanas, las voces de sus madres con aquel Ritorna vincitor! de Caballería Rusticana) y conquistar a otra naciones, robarlas y usurparlas. Otras madres llorarían a sus hijos cuando cayeran en combate, o victimas del “botín de guerra”, o el más moderno “daño colateral”.
Las madre palestina- María-, queda únicamente circunscripta al minuto de ser madre y poco más. Es la madre del Hijo del Dios, pero tampoco su hijo la honrará: todos los testimonios (confrontar con el episodio de las Bodas de Canaá) coinciden que la llamaba “mujer”. No “madre”: “Mujer”. No obstante que ella lo acompañe hasta el último suspiro y más: hasta la entrada de la tumba.
Hoy, que está en ácida discusión la libertad de decidir si tener o no tener un hijo en determinadas circunstancias, queda sugestivamente fuera de discusión el futuro de esos hijos, las posibilidades materiales de vida y realización.
Dios- así, impersonalmente, o a través de sus interlocutores válidos-, quiere que nazcan. También Jehová y también Mahoma. ¿Por qué? Precisan tropas para abrirle el paso al comercio, como siempre. Y de paso, muchos miles viven de ser los interlocutores válidos.
Pero si hay quienes se oponen teológicamente al permiso para abortar, no protestan ni si indignan cuando otros niños mueren al paso de los ejércitos; cuando cíclicamente alguna civilización sacrifica una o dos generaciones para beneficio de las multinacionales; cuando los iluminados llevan a cabo “limpiezas étnicas”, o cuando, niños, los obligan a ser soldados, o cuando los asesinos y secuestradores de niños quedan impunes por la influencia de los mismos que no quieren que se legalice el aborto.
Tanto Alcmene- la madre productora de héroes-, como María, Mater Dolorosa- la que llora eternamente la muerte de su hijo-, se complementan notablemente: ninguna pide para su hijo que sea feliz, o que encuentre paz en su vida, o un lugar en la tierra (*).
Esos, evidentemente, son asuntos menores
(*) Solamente La Madre, de Gorki se transforma en madre de los demás cuando toma la bandera de su hijo. Pero es de temer que precise muchos siglos más que María para ser reconocida.
John Doe
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