martes, 13 de agosto de 2013

La industria o la vida

La última nueva ola de protestas tiene que ver con la minería a cielo abierto. Como en la viejas olas anteriores, las consecuencias serían nefastas a escala planetaria y la contaminación dejaría al país- y a la región y al mundo- postrados e improductivos por decenas o centenas de años. Una condena bíblica. Antes, la condena fue a las empresas productoras de pulpa de papel, y los estertores paroxísticos todavía perduran en algún grupo de argentinos que creen ver ya los síntomas de mutaciones en hijos, sobrinos, nietos o simplemente vecinos. Otras plantas productoras de pulpa de papel, sobre el río Paraná, que fabrican el Papel Prensa con que se nutren Clarín y La Nación, que hace cincuenta años que contaminan el río, jamàs fueron apreciadas, juzgadas o condenadas, lo que no quita que tambièn uruguayos vieran de este lado del río que la contaminación nos convertiría en zombies. Sin embargo, el posible ver que todas las oficinas usan papel, todos los Bancos, todos los comercios. Funcionan todas las fotocopiadoras del país, todas las fiambrerías embalan productos en papel, se siguen imprimiendo libros- macionales y extranjeros-, agendas y almanaques, y hasta es posible constatar el uso habitual del papel higiénico- nadie ha renunciado a su uso, no obstante la condena de contaminación-. Si la pulpa de papel- de la cual derivan todos los papeles- es contaminante y no la queremos aquí, ¿por qué aceptamos que estén en otros países y además hacemos uso de ese papel maldito, llenando las arcas de los industriales criminales? Si es malo en nuestro país, ¿por qué es aceptable en otros? ¿Por qué es aceptable la contaminaciòn en otros países? Esto lleva a preguntarnos ¿qué industria NO es contaminante? Uruguay todavía tiene industria productoras de cemento, y los operarios sufrieron desde siempre afecciones pulmonares derivadas de su contacto, como consecuencia fatal. Pero Nadie en este país manifestó contra el cemento, ni menos, dejó de hacerse su casa con ese material. Ni la propia ni la del balneario, pudiendo hacerlo. Derivada de la anterior, tuvimos una industria del fibrocemento, que se demostró era cancerígena. Nadie manifestó ni se quejó jamás. Antes bien, quien pudo hacerlo techó casas y galpones, porque era más econòmico que una planchada. Fue y es contaminante en alto grado la industria metalúrgica, con sus gases;la industria de la curtiembre, con las sustancias tóxicas que se les aplican y sus derivados por el alcantarillado; la industria frigorífica- nadie recuerda el saldo lamentable de obreros que envejecieron prematuramente con los huesos "quemados" por el frío de las cámaras-, el transporte público y de carga, que envenena el aire de las avenidas;las grandes imprentas, con su vertido tóxico y nauseabundo- y pongo por testigos a los que inhalaron por años los efluvios de la vieja IPUSA en la Chacarita de los Padres-. Pero nunca nadie protestó contra ésto. Todas las industrias contaminan. Pero todas las industrias dieron trabajo, de ese trabajo se formaron barrios aledaños, de allí se formaron sindicatos, y todo eso formó hasta una mistica del trabajador, del obrero. Y bien, ¿por qué, entonces, son inaceptables las papeleras y la minería a cielo abierto? Los detractores profetizan empobrecimiento de la tierra, su improductividad por luengos años, la extranjerización y la desvalorización de la hectárea. Y de eso se hacen eco redes sociales y ecologistas de Montevideo. Francamente por mucho que me estrujo el cerebro no alcanzo a imaginarme a vecinos de La Teja, el Cerro, Maroñas, Palermo, Brazo Oriental, Colón, Sayago o Malvín hondamente preocupados porque no van a poder adquirir en los próximos ochenta o cien años, estancias en Pirarajá, Mansavillagra, Aiguá, Barriga Negra, El Carmen o Conchillas. No percibo que la desvalorización de la hectárea afecte a cajeras de supermercado, guardias de seguridad, cuentapropistas, vendedores ambulantes, profesores de secundaria, maestras, enfermeros, empleados pùblicos. Tampoco el empobrecimiento de la tierra. No está dentro de sus expectativas ni les condiciona la vida. No les urge resolver ese dilema ni los quema la amenaza. A quien sì afecta es a la ganadería. La afecta la improductividad, porque ahí comen sus vacas, la afecta la rentabilidad de la tierra, porque de ello vivirán sus herederos, y el espacio para el apacentamiento de su ganado. Y hete aquí que esa industria- la ganadera- fue la industria más altamente contaminante de toda la historia del país. Según lo demostraron lúcidamente Barrán y Nahum, la ganadería extensiva desplazó- a su pesar y sin elección posible- a los pobladores rurales pobres del campo a la ciudad. A una ciudad- cualquiera fuese- que no estaba preparada para recibirlos, que no tenía trabajo ni alojamiento para todos los que llegaban, y que por ello generó, en los márgenes de las ciudades, los pueblos de ratas, los cantegriles, los asentamientos: caldo de cultivo de la delincuencia, empujados por la pobreza. Eso cambió radicalmente al país, y para peor. Generaciones de compatriotas fueron expulsados de su lugar de nacimiento para mayor gloria de la ganadería, que a su vez generó una aristocracia con reglas propias al margen de las leyes del país, fundados en su podería económico, aristocracia que fija el precio de su ganado según parámetros internacionales y que aplica según su provecho al ambito nacional para no perder rentabilidad. Esperen, uruguayos, que se aproximen las fiestas de fin de año y verán cómo el precio de la carne sube mágicamente simplemente porque hay mayor demanda. La contaminación los afecta porque pierden tierras y se desmejoran sus razas productoras. Pero no conozçco que haya habido nunca- ni menos ahora- manifestaciones de protesta por la ganadería ni por el daño que le ha hecho al país. Gente- quizás bienintencionada- que les haga los mandados-, sí. La tontaminación se expande. John Doe

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