viernes, 10 de enero de 2014
LAS INFLUENCIAS LEJANAS
Cuando en mayo de 1811 se produce en Buenos Aires el golpe de estado que provoca la renuncia del virrey Cisneros y determina el cambio de dominio de las rentas portuarias, se invocaron como razones “los intereses de Fernando VII”.
El Virrey depuesto, representante de los Borbones, también aducía defender los mismos intereses.
Un año más tarde, Elío, virrey en Montevideo, se oponía a la Junta porteña, abrogándose la defensa de los intereses del mismo rey y, cuando José Artigas le pone sitio a la ciudad-puerto, dos días después de la batalla de Las Piedras, también invoca a Fernando VII.
“…dirigido este ejército por las órdenes de aquel Superior Gobierno (la Junta porteña), él es el órgano por donde sólo pueden hacerse cesar sus operaciones.
La causa de los Pueblos no admite, Señor, la menor demora (…) Este Ejército concluirá en breve la obra en que se halla tan adelantado. V.S. hará apurar la copa de las desgracias a esos habitantes si no resuelve que sea reconocida la autoridad de la Excelentísima Junta… para conservar los dominios de nuestro augusto soberano el Señor Don Fernando VII.
José Artigas
(Archivo Gral. De la Nación Argentina, Gobierno Nacional, 1811. Ejército del Norte y Banda Oriental, Sección X Caja 3 Archivo 2 No. 4, Legajo No. 3, Folio 163)
Si todos “defendían los intereses de Fernando VII”, entonces ¿quién era el enemigo? ¿Quién era ese rey?
Fernando VII era hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma. Los que gustan de la pintura los habrán visto retratados junto a su prole por Francisco de Goya y Lucientes. Él era un hombre grande pero de poco carácter; ella, en cambio, era muy dominante.
“Fue una mujer de talento, nacida para dominar, sólo que no sabía dominarse a sí misma. Impulsada por la lascivia que la llevaba a romper con las más elementales exigencias de dignidad y decoro, dio a España un doloroso ejemplo de conducta”.
(“La Banda Oriental en la lucha de los Imperios”, tomo 1, volumen 2. José C. Williman y Carlos Panizza, Montevideo, 1998, pag. 48)
A sus 41 años (ya había engendrado 13 hijos: tuvo 14, y 24 partos) tomó como amante a Manuel Godoy, de 24 años, en forma pública y notoria, al que, en pocos meses de 1792 llevó de simple Sargento de Milicias a Jefe de Gabinete y Ministro de Relaciones Exteriores.
Fernando, príncipe de Asturias, odiaba a su madre y a Godoy tanto como ellos lo odiaban a él, lo que lo impulsa a un golpe de estado contra sus padres. La invasión de Napoleón lo obliga a deponer su corona y entregársela al invasor, quien le da como vivienda obligatoria el castillo de Navarra con una renta de 1:100.000 francos.
(“La Banda Oriental en la lucha de los Imperios…… pag. 51)
Lo que no se condice mucho con la imagen de que estaba “preso” por los franceses.
¿Cómo era Fernando VII?
“La ambición le inspiraba a empresas criminales, la cobardía le precipitaba a tremendas humillaciones, el temor lo arrastraba a terribles felonías. Fernando conspiró contra sus padres, a quienes arrebató el trono. Pidió la mano de Lolotte, hija de Luciano Bonaparte, a Napoleón. Felicitó a Napoleón por sus éxitos militares en España. Denunció a sus cómplices cuando el proceso de El Escorial, y mendigó después el perdón de sus padres. Traicionó a sus ministros, mandó encarcelar y ahorcar a muchos que habían luchado por su regreso y engañó a quien pudo”.
(Tristan La Rosa: “España Contemporánea Siglo XIX, 1972, pags. 62 y 63)
Cabe aclarar que entre los “muchos que habían luchado por su regreso” y que fueron traicionados y ahorcados, se encontró el Virrey Elío, quien defendió en nombre de Fernando a Montevideo de Artigas y de las ambiciones de Carlota Joaquina, esposa del rey Juan VI de Portugal y …hermana de Fernando.
Felizmente para nosotros, cuando los fernandistas de Montevideo (Elío) y los de Buenos Aires se ponen de acuerdo en levantar el sitio y abandonar a su suerte a los orientales, éstos se reúnen en la Quinta de la Paraguaya y eligen como conductor a uno de ellos, a don José Artigas. Para gobernarse, no se ponen bajo la protección de nadie: ni españoles, ni porteños, ni portugueses, ni ingleses. Y más escandaloso, todavía, porque los nombramientos, hasta entonces, se hacían desde las alturas hacia abajo. Los reyes lo eran “por la gracia de Dios” (o sea que Dios los ponía en ese lugar) y ellos elegían a marqueses y condes y duques y ministros y alcaldes.
Apenas siete años y medio antes, Napoleón se hizo nombrar Emperador. Pero las autoridades competentes, con miedo y todo, sabían que éste no era “elegido de Dios” porque su padre no era rey sino un vulgar campesino y por lo tanto vacilaron para ceñirle la corona, cosa que resolvió el propio Napoleón coronándose él mismo.
Habría que guardar memoria de aquel 10 de octubre de 1811 como fecha fundadora de una nación que quería serlo, sin más ley que el reconocimiento de la pertenencia a esta tierra y el sentimiento de vecindad, de parentesco, de auxilio mutuo, de solidaridad, frente a la indiferencia, a la hostilidad, al desprecio- y a la traición- de los de afuera.
Con eso, le dijeron al mundo Ninguno de ustedes sirve para gobernarnos: eso lo elegimos nosotros de entre nosotros.
Hugo Bervejillo
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