sábado, 21 de julio de 2012
EL AMOR, ESA MAGIA
La dama, hermosísima, miró al sapo, que la miraba a ella, a la orilla del arroyito.
Ése no era un sapo común, sino un príncipe encantado.
Ella lo sabía porque se lo había dicho su amiga íntima en la oficina.
Mientras lo miraba, calculó que, siendo príncipe, debía tener riquezas suficientes como para sacarla de la casa de sus padres, comprarle el último modelo de iPod, y llevarla en verano a Punta del Este, para envidia de las amigas.
Entonces lo agarró y le dio un beso en la boca.
Y ahí, el milagro: el sapo se convirtió en un muchacho de anuncio de perfumes, de musculosa y vaqueros, con RayBan negros, cadena de varias vueltas, piercing, y aroma a potro de las praderas.
El macho de la especie.
Él se desperezó y la miró a ella, que, por obra del mismo encantamiento, se había transformado en bagre.
Fue una mirada rápida.
Cerca, en el auto flamante, lo esperaba una rubia platinada recién emergida del Beauty Center, que antes de la muerte del marido era una anciana.
Lo nuestro es imposible, le dijo.
Y se fue.
John Doe
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