GLORIA Y SANEAMIENTO
Crónica
de un encuentro entre dos equipos de
barrio por una copa que quizás debió llamarse “ Gloria y Saneamiento”,
celebrado un domingo desapacible de enero en la neutral y hoy desaparecida cancha Relámpago de Malvín,
seguramente a cargo de un estudiante de Preparatorios que menos de un mes después debía rendir Literatura para el período de Febrero,
con el Prof. Tabaré J. Freire como
Presidente de Mesa.
El
manuscrito original se encontraba en un cuaderno arrollado y plagado de dibujos
varios, encontrado mucho tiempo después, en el lugar menos pensado.
CANTO I
Canta, oh, Diosa las consecuencias de
aquel banquete de imposible memoria, en el rururbano barrio de Las Pajas,
violador de hombres, que amontona famas
como el viento amontona diarios contra un tejido de alambre, cuando en medio de las risas y las chanzas
producidas por el oscuro y vinoso producto de las bodegas de Canelones y entre
los restos serpentinosos de los tallarines, sacrificados en honor al dios Domingo,
alguien alzó su copa y dijo:
-“¡Amigos!: sabed que tengo bajo mi
influencia un selecto grupo de atletas altos como abetos y rubios como el trigo
besado por el magnífico sol matutino cuando sale en el cielo límpido de nubes
en las mejores mañanas de diciembre, y de igual manera que el sol de verano,
este equipo abochorna a cualquier rival que ose disputarle un encuentre de
balompié, sea en la gramilla salvaje de los dilatados campos demarcados a la
cal, o en la arenosa playa junto al
ancho y tormentoso mar, asolador de muelles. Este equipo ha comparado
habilidades con similares combinaciones de
hombres provenientes de otras latitudes, así de la arbolada Buceo de
marino aliento, como del árido Cerrito, en cuarteles abundoso, o del umbrío
Prado, regado por el rumoroso y nauseabundo Miguelete, y en todo momento la
justicia ha sonreído a estos hombres de hermoso porte y olímpico linaje, a
estos futbolers de tremolante jopo. Y así como en el caliginoso verano las
moscas se amontonan en torno a los restos de la fruta de la feria, así se
amontonan los goles en los arcos adversarios, resultado invariable y
catastrófico hasta que mis hombres
deciden romper su orden de batalla.”
Así se expresó. Abstuviéronse de comer
todos los comensales y pronto quedaron todos silenciosos.
Pero otro participante del banquete,
cuñado del primero y ofuscado en su corazón por las torpes alabanzas, se
levantó y dijo:
-“Cuñado Fulano: qué palabras
proferiste. Cómo se nota que tu equipo de colegiales nunca se enfrentó con un
aguerrido y atildado equipo de varones! Así como el mar acumula pequeñas olas
marrones contra la orilla de la playa cuando sopla el viento del sur en las
tormentas de agosto, así acumulaste pavadas sin sentido con fértil imaginación
de niño. ¿Acaso quieres provocarnos la ululante carcajada, provocadora de
funestos paros cardiorespiratorios? No te ocultaré mi pensamiento, para que lo
sepas, aunque me mires con torva faz: el equipo de yo dirijo, todos de jovial
linaje provoca el espanto adonde quiera que visitemos a los ocasionales y
atribulados contrincantes, ya que sus
extremidades inferiores están consagradas desde la cuna a los dioses Obdulio y
Nasazzi, y ciñen sus medias en combate con las ínfulas del dios Míguez, de sorpresivo
disparo, y no evitan el turbulento arte
del funesto Marte cuando se enfrentan a los belicosos adversarios del ventoso
Capurro, al Cooper del marginal Carrasco
norte, o a los Pachas del arenoso Malvín. Son innumerables como las
estrellas de la inmensa noche los equipos que nos han visto partir en los
camiones de oscuros toldos, derramando ellos
amargas lágrimas de áspero e impotente rencor, y no pocos los que -
después de la funesta derrota-, escucharon las aladas palabras de la diosa
Sabiduría y en adelante se dedicaron al elegante ballet o al paciente Corte y
Confección, como debería hacer tu equipo desde ya.”
Así habló., y otros comensales se
carcajearon con sorna propia de las
libaciones y algunos efectuaron ventosas pullas. Pero quien había hablado en
primer término, con el corazón negro como
los restos de vino en el mantel, le contestó:
-“Ah, imprudente y borracho, que
diriges un equipo porque no te atreviste a arriesgar las veloces piernas en el
empeñoso deporte frente a los perniciosos zagueros centrales porque te
provocaba la funesta diarrea, destructora de hombres! ¿Qué dios te ha insuflado
el viril entusiasmo?
Pero, vamos, ea, enfrentemos nuestros
equipos en la bien terraplenada cancha Relámpago el próximo domingo y sepan
todos cuál es el equipo más viril e impetuoso.”
CANTO
U
Apenas la divinal Aurora, la de los
dedos rosados, que se dice subía al Olimpo a anunciar el día, hubo terminado su
turno de seis horas y se encaminaba de
vuelta a su hogar, aparecieron en la cancha de belicosos pastos los equipos
desafiantes
Fue a eso de los veintitrés minutos
cuando Eudorio, hijo de Fermín de las montañas de
Galicia, que había venido a esta lid después de
levantar cajones de verdura y cortar queso duro a cuchilla en la feria y
en la flor de la edad, se enfrentó a Sixto, hijo de padre desconocido, pero
criado por un portugués en un barrio de calles regadas por aguas verdes de los
caños rotos compartiendo toda la dieta, menos el vino, con los roncófonos
suinos, que criaba su tutelador.
Y avanzó Eudorio, el del pecho fecundo en las
ferias vecinales para anunciar las ofertas del día, el más veloz de su barrio
para huir con los huevos de tero sin ser alcanzado por las púas de las alas de
los progenitores ,y corrió con las
intrépidas piernas de pedalear para los mandados, cuando Sixto lo taló
levantando el velocípedo pie calzado con zapatos de vieja data, forrados de
cuero de vaca difunta en tiempos de Batlle Berres, bendito por los goles de
Solé en épocas de Schiaffino y Reinaldo Martino, conservados en armario de
roble de larga tradición familiar y no olvidados sino reverenciados por su
prosapia, legendarios por su edad provecta,
y amparados en grasa de Vaca, sacrificada en honor de Abasto, dios de
los frigoríficos .
Y Eudorio cayó, abandonado por los dioses tutelares del equilibrio, y rodó por
el verde suelo. Después levantóse, envuelto en
negra furia y descreyó del linaje de quien tenía enfrente, confundiéndolo con otro, a quien dirigió
estas aladas palabras:
-¡Hijo de Puskas, número 10 del Real de
Madrid y anteriormente de la Selección
húngara, que nos ganó en Suiza por 4 a 2 en 1954, dejándonos en el cuarto
puesto!
Pero Sixto, viéndose llamado por otro
nombre y atribuida otra prosapia y creyendo que Eudorio estaba influido por el
dios de la confusión trató de despertarlo y cerrando el puño derecho, el de
hacer correr a los roncófonos suinos para hacerse lugar en el chiquero, lo
impulsó contra la cabeza de Eudorio y sobre éste descendió el negro Sueño.
Pero a él , a Sixto, acometiólo Manuel, hijo de Higinio, herrero
como Hefestos pero nacido en El Ferrol, a
quien los dioses tutelares le enseñaban el mismo oficio paterno a los
efectos de que algún día se ganara la vida, y cuya popular destreza en entender
las cosas le había ganado el epíteto de Cabeza de Piedra. Y acercóse Manuel
como para verlo de cerca y acertó a golpearlo con su frente de despejar las
dudas y fue terrible el choque y sobre Sixto descendieron las sombras de la
noche.
Y entonces fue que se allegó Primitivo, hijo de Uberfil, todos de oscuras
facciones y negros ancestros, cuyo linaje se remontaba a las selvas de
Mozambique, pero que, en tiempos remotos se transportaron a América y allí
mezclaron ancestros con portugueses, españoles, charrúas, yaros, bohanes y
guenoas, amén de cabindas, congos, zulúes y yorubas, particularmente de Palermo
y Puerto Rico. Y se allegó Primitivo,
levantó el velocípedo pie de shotear los tiros libres y los saques de
arco y lo dirigió con aviesas intenciones al plexo solar de Manuel, quien alcanzó
a distinguir el vinoso aliento de otros camaradas de medias transpiradas o
sudadas que se acercaban también a
felicitar a los rivales de jovial linaje por su caballerosidad y a separar a
quien estuviera ofuscado por alguna
contractura ocasional, y a hacerle alguna ofrenda al dios Vino Potro, homicida de hombres.
Entonces intervino la diosa Prudencia y
sacó fuera del campo a Cabeza de Piedra para reforzarle los diarios que llevaba
arrollados a manera de canilleras bajo las medias, tomando la forma del Pileta
Martínez, valiente en combate contra las morcillas, sobretodo las saladas.
Y finalmente intervino el dios Empate
bajo la forma de lluvia intempestiva y violenta y dejó la cancha peor que
antes.
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