viernes, 20 de julio de 2012


GLORIA Y SANEAMIENTO   






Crónica de un encuentro  entre dos equipos de barrio por una copa que quizás debió llamarse “ Gloria y Saneamiento”, celebrado un domingo desapacible de enero en la neutral y hoy  desaparecida cancha Relámpago de Malvín, seguramente a cargo de un estudiante de Preparatorios que  menos de un mes después debía rendir  Literatura para el período de Febrero, con  el Prof. Tabaré J. Freire como Presidente de Mesa.
El manuscrito original se encontraba en un cuaderno arrollado y plagado de dibujos varios, encontrado mucho tiempo después, en el lugar menos pensado.







CANTO   I


Canta, oh, Diosa las consecuencias de aquel banquete de imposible memoria, en el rururbano barrio de Las Pajas, violador de hombres, que amontona famas  como el viento amontona diarios contra un tejido de alambre,  cuando en medio de las risas y las chanzas producidas por el oscuro y vinoso producto de las bodegas de Canelones y entre los restos serpentinosos de los tallarines, sacrificados en honor al dios Domingo, alguien alzó su copa y dijo:
-“¡Amigos!: sabed que tengo bajo mi influencia un selecto grupo de atletas altos como abetos y rubios como el trigo besado por el magnífico sol matutino cuando sale en el cielo límpido de nubes en las mejores mañanas de diciembre, y de igual manera que el sol de verano, este equipo abochorna a cualquier rival que ose disputarle un encuentre de balompié, sea en la gramilla salvaje de los dilatados campos demarcados a la cal, o en la  arenosa playa junto al ancho y tormentoso mar, asolador de muelles. Este equipo ha comparado habilidades con similares combinaciones de  hombres provenientes de otras latitudes, así de la arbolada Buceo de marino aliento, como del árido Cerrito, en cuarteles abundoso, o del umbrío Prado, regado por el rumoroso y nauseabundo Miguelete, y en todo momento la justicia ha sonreído a estos hombres de hermoso porte y olímpico linaje, a estos futbolers de tremolante jopo. Y así como en el caliginoso verano las moscas se amontonan en torno a los restos de la fruta de la feria, así se amontonan los goles en los arcos adversarios, resultado invariable y catastrófico hasta  que mis hombres deciden romper su orden de batalla.”
Así se expresó. Abstuviéronse de comer todos los comensales y pronto quedaron todos silenciosos.
Pero otro participante del banquete, cuñado del primero y ofuscado en su corazón por las torpes alabanzas, se levantó y dijo:
-“Cuñado Fulano: qué palabras proferiste. Cómo se nota que tu equipo de colegiales nunca se enfrentó con un aguerrido y atildado equipo de varones! Así como el mar acumula pequeñas olas marrones contra la orilla de la playa cuando sopla el viento del sur en las tormentas de agosto, así acumulaste pavadas sin sentido con fértil imaginación de niño. ¿Acaso quieres provocarnos la ululante carcajada, provocadora de funestos paros cardiorespiratorios? No te ocultaré mi pensamiento, para que lo sepas, aunque me mires con torva faz: el equipo de yo dirijo, todos de jovial linaje provoca el espanto adonde quiera que visitemos a los ocasionales y atribulados contrincantes,  ya que sus extremidades inferiores están consagradas desde la cuna a los dioses Obdulio y Nasazzi, y ciñen sus medias en combate con las ínfulas del dios Míguez, de sorpresivo disparo,  y no evitan el turbulento arte del funesto Marte cuando se enfrentan a los belicosos adversarios del ventoso Capurro, al Cooper del marginal Carrasco  norte, o a los Pachas del arenoso Malvín. Son innumerables como las estrellas de la inmensa noche los equipos que nos han visto partir en los camiones de oscuros toldos, derramando ellos  amargas lágrimas de áspero e impotente rencor, y no pocos los que - después de la funesta derrota-, escucharon las aladas palabras de la diosa Sabiduría y en adelante se dedicaron al elegante ballet o al paciente Corte y Confección, como debería hacer tu equipo desde ya.”
Así habló., y otros comensales se carcajearon con sorna  propia de las libaciones y algunos efectuaron ventosas pullas. Pero quien había hablado en primer término, con el corazón negro como  los restos de vino en el mantel, le contestó:
-“Ah, imprudente y borracho, que diriges un equipo porque no te atreviste a arriesgar las veloces piernas en el empeñoso deporte frente a los perniciosos zagueros centrales porque te provocaba la funesta diarrea, destructora de hombres! ¿Qué dios te ha insuflado el viril entusiasmo?
Pero, vamos, ea, enfrentemos nuestros equipos en la bien terraplenada cancha Relámpago el próximo domingo y sepan todos cuál es el equipo más viril e impetuoso.”





CANTO    U


Apenas la divinal Aurora, la de los dedos rosados, que se dice subía al Olimpo a anunciar el día, hubo terminado su turno de  seis horas y se encaminaba de vuelta a su hogar, aparecieron en la cancha de belicosos pastos los equipos desafiantes


Fue a eso de los veintitrés minutos cuando Eudorio, hijo de Fermín de las montañas de Galicia, que había venido a esta lid después de  levantar cajones de verdura y cortar queso duro a cuchilla en la feria y en la flor de la edad, se enfrentó a Sixto, hijo de padre desconocido, pero criado por un portugués en un barrio de calles regadas por aguas verdes de los caños rotos compartiendo toda la dieta, menos el vino, con los roncófonos suinos, que criaba su tutelador.
 Y avanzó Eudorio, el del pecho fecundo en las ferias vecinales para anunciar las ofertas del día, el más veloz de su barrio para huir con los huevos de tero sin ser alcanzado por las púas de las alas de los progenitores ,y corrió con las  intrépidas piernas de pedalear para los mandados, cuando Sixto lo taló levantando el velocípedo pie calzado con zapatos de vieja data, forrados de cuero de vaca difunta en tiempos de Batlle Berres, bendito por los goles de Solé en épocas de Schiaffino y Reinaldo Martino, conservados en armario de roble de larga tradición familiar y no olvidados sino reverenciados por su prosapia, legendarios por su edad provecta,  y amparados en grasa de Vaca, sacrificada en honor de Abasto, dios de los frigoríficos .
Y Eudorio cayó, abandonado por los  dioses tutelares del equilibrio, y rodó por el verde suelo.  Después levantóse,  envuelto en  negra furia  y descreyó del linaje  de quien tenía enfrente,  confundiéndolo con otro, a quien dirigió estas aladas palabras:
-¡Hijo de Puskas, número 10 del Real de Madrid y  anteriormente de la Selección húngara, que nos ganó en Suiza por 4 a 2 en 1954, dejándonos en el cuarto puesto!
Pero Sixto, viéndose llamado por otro nombre y atribuida otra prosapia y creyendo que Eudorio estaba influido por el dios de la confusión trató de despertarlo y cerrando el puño derecho, el de hacer correr a los roncófonos suinos para hacerse lugar en el chiquero, lo impulsó contra la cabeza de Eudorio y sobre éste descendió el negro Sueño.
Pero a él , a Sixto,  acometiólo Manuel, hijo de Higinio, herrero como Hefestos pero nacido en El Ferrol, a  quien los dioses tutelares le enseñaban el mismo oficio paterno a los efectos de que algún día se ganara la vida, y cuya popular destreza en entender las cosas le había ganado el epíteto de Cabeza de Piedra. Y acercóse Manuel como para verlo de cerca y acertó a golpearlo con su frente de despejar las dudas y fue terrible el choque y sobre Sixto descendieron las sombras de la noche.
Y entonces fue que se allegó  Primitivo, hijo de Uberfil, todos de oscuras facciones y negros ancestros, cuyo linaje se remontaba a las selvas de Mozambique, pero que, en tiempos remotos se transportaron a América y allí mezclaron ancestros con portugueses, españoles, charrúas, yaros, bohanes y guenoas, amén de cabindas, congos, zulúes y yorubas, particularmente de Palermo y Puerto Rico. Y se allegó Primitivo,  levantó el velocípedo pie de shotear los tiros libres y los saques de arco y lo dirigió con aviesas intenciones al plexo solar de Manuel, quien alcanzó a distinguir el vinoso aliento de otros camaradas de medias transpiradas o sudadas que se acercaban también  a felicitar a los rivales de jovial linaje por su caballerosidad y a separar a quien estuviera ofuscado por alguna  contractura ocasional, y a hacerle alguna ofrenda al dios Vino  Potro, homicida de hombres.
Entonces intervino la diosa Prudencia y sacó fuera del campo a Cabeza de Piedra para reforzarle los diarios que llevaba arrollados a manera de canilleras bajo las medias, tomando la forma del Pileta Martínez, valiente en combate contra las morcillas, sobretodo las saladas.
Y finalmente intervino el dios Empate bajo la forma de lluvia intempestiva y violenta y dejó la cancha peor que antes.

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