sábado, 21 de julio de 2012


EL CANON 71.

El Cuarto Concilio de Letrán empezó en 1215 y finalizó en 1216. Bien lejos de nuestros días, pero sin embargo tan cerca.
Entonces, el mundo necesitaba de la fe- simbolizada en la Iglesia- como espejo de valores a seguir en un mundo crudamente material, pero también de un orden, basado en una autoridad, que evitara las sangrientas rencillas entre reyes y aristócratas, basadas en la más cruda apetencia de bienes, como también de los que se rebelaban contra la autoridad de la Iglesia.
Ésta, entonces, había ganado una importancia decisiva que le permitía decidir en la política europea.
Con la firme intención de que fuera un acontecimiento ecuménico, se congregó  a una enorme cantidad  de representantes de todos puntos del mundo conocido: 71 patriarcas, 412 obispos y 900 abades y priores, lo que para esa época era una cifra extraordinaria.
Se trataron y aprobaron asuntos internos referidos a la religión (la transustanciación, la herejía, la exclusividad del clero en la realización de la misa, la profesionalización del clero, etc.) y a la extensión del poder de la Iglesia (se limitó mucho más las condiciones de vida de los judíos: prohibición de ocupar cargos públicos y hasta un tipo especial de vestidura para diferenciarlos).
También se ocupó el Concilio en premiar a los fieles- se despojó de sus tierras a Raimundo VI de Tolosa y se las obsequiaron a Simón de Monfort- que terminaba de arrasar a los cátaros "para mayor gloria de Dios"-, se ratificaron los derechos de Federico II a ocupar el trono imperial en perjuicio de Otón de Brunswick-.
Pero lo más importante fue el Canon 71.
Allí se trató del asalto al mundo infiel. Como salido de un noticiero actual allí se dictan las normas para una nueva Cruzada contra el antiguo Eje del Mal- el mundo árabe-. Al hacer obsequio de tierras, se estimulaba el celo de los nobles guerreros para combatir por las riquezas orientales, próximo botín. Se anunciaron beneficios espirituales para los expedicionarios que tomaran las armas y también, con sabiduría milenaria, a los cristianos que colaboraran económicamente con la empresa.
En aquel entonces, el motivo era que se trataba de un mundo hereje, infiel, y que, además, en esas tierras se encontraba el Santo Sepulcro, pero también constituía una vía de comercio y un mercado que multiplicaba las expectativas del europeo: era un suculento botín de guerra.
Hoy, que otro poder mundial encuentra todos los días pretextos pueriles para nuevas Cruzadas modernas, con la amenaza a la religión y al modo de vida,  y con la vista en el petróleo, es del caso recordar (Gardel decía “que veinte años no es nada”), qué poca distancia nos separa de 1215.

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