sábado, 21 de julio de 2012


LAS ARMAS ORIENTALES

Suele decirse –incluso en los grandes medios de comunicación-, que el Ejército nacional nació con la batalla de Las Piedras, en 1811 y así se conmemoró el pasado 18 de mayo en acto público, con presencia de autoridades.
Pero esto debe entenderse exclusivamente como una expresión de deseos más que como un aserto documentable, por más de una razón.
En primer término porque en esa batalla lo que se dirimía era la obediencia a las Cortes de Cádiz -representada por el virrey Elío en Montevideo-, o bien a la Junta de Buenos Aires -que un año antes había dado un golpe de estado contra su virrey para quedarse con las rentas del Puerto-, y cualquiera de las dos facciones rendía obediencia explícita al rey español Fernando VII.
El propio don José Artigas, el 20 de mayo de 1811 (dos días después de Las Piedras) en carta al virrey Elío, le intima la rendición de Montevideo, diciendo: “(…) “La causa de los pueblos, Señor, no admite la menor demora.(…) V.S. hará apurar la copa de las desgracias a estos habitantes si no resuelve que sea reconocida la autoridad de la Excma. Junta…para conservar ilesos los dominios de nuestro augusto Soberano el Señor Don Fernando VII”.(*)
Nada que estuviera relacionado con un asunto “oriental”.
Apenas cinco años después, con la invasión portuguesa, los principales lugartenientes de don José están presos  (como Andrés Guacurarí) o rinden las armas (como Manuel Oribe) o se integran al ejército de ocupación (como Fructuoso Rivera), o se pelean entre sí (como Estalislao López y Pancho Ramírez), y entonces no queda nada de lo que había.
Y hay que recordar que Artigas disolvió su escasa tropa de gauchos indigentes, indios y negros antes de internarse en el Paraguay, en 1820.
En 1830 se funda el Estado Uruguayo (y se hunde el proyecto Federal artiguista), con lo cual debería comenzar el concepto de Ejército Nacional. Pero a seis años de fundado, se produce el primer motín y Rivera se alza en armas contra el presidente Oribe. ¿Cuál sería entonces el Ejército nacional? ¿El que defendía la Constitución o el que sostenía el capricho del motinero?
En 1836, en la batalla de Carpintería, se definen dos bandos que en un sangriento proceso dividen al país hasta la paz de 1851. Durante ese período ¿cuál era el Ejército nacional?  ¿El que defendía Montevideo con el apoyo de Inglaterra y Francia? ¿El que sitiaba Montevideo con el apoyo de Rosas?
Y por citar un último ejemplo: en 1863 se amotina contra el gobierno legalmente electo, el coronel uruguayo (y general argentino) Venancio Flores. Lo hace con el apoyo de la casa Baring Brothers en representación de la corona británica, con el apoyo logístico de la Argentina mitrista, y con tropas del Imperio de Brasil, y pone sitio a Paysandú, defendida por una exigua dotación al mando de coronel Leandro Gómez.
¿Cuál era el Ejércto nacional? ¿el que fue derrotado -que defendía la Constitución-, o el invasor, con ayuda extranjera, que impuso a Flores como presidente?

Pero sí hay un origen del Ejército nacional- es decir, el profesional, sin distintivos partidarios, y reconocido en la Constitución y en los Presupuestos-, pero su  punto de partida se sitúa a la vuelta de la Guerra del Paraguay, donde Uruguay concurrió en julio de 1865 y volvió en 1866.
Véase la opinión de un Profesor:

         (…) “A raíz de la Guerra del Paraguay surgió una nueva fuerza en la nación: el ejército profesional. Nuestro ejército siempre había sido el brazo armado del partido político. Sus oficiales casi nunca eran de carrera, sino estancieros que conducían a sus peones, puesteros y agregados a la guerra; o doctores que reunían un grupo de cien activos militantes en la capital (…) Los oficiales y soldados que retornaron del Paraguay eran un cuerpo homogéneo, profesionalizado, que había entrado en contacto con armas modernas y sabía del poder que da la posesión de ellas. Eran colorados, pero anduvieron alejados del país y sus luchas internas demasiado tiempo como para sentir por la divisa el mismo apego de antaño. Se sabían, por primera vez en la historia del país, distintos a los civiles. Tenían “espíritu de cuerpo”, ahora.
De esta manera nació un nuevo factor de poder. Por su naturaleza, apreciaba más las virtudes de la disciplina y el orden que las de la libertad irrestricta. Si las viejas banderías no satisfacían los reclamos de la economía y de los dueños de la riqueza, ahí estaba el grupo que podía hacerlo. La alianza entre clases altas, inversores extranjeros y ejército era una lejana posibilidad en 1868. Las guerras civiles acaecidas entre esa fecha y 1875 la convirtieron en un hecho”.
         (“Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudillesco. 1839-1875” José Pedro Barrán, Historia Uruguaya, tomo 4, Ed. De la Banda Oriental, 1982, pág 99)

                                                          



  (*)  “Vida, pasión y muerte de don José Gervasio Artigas” Tomo II “El hombre y la revolución. La admirable alarma, de Efraín Núñez Balestra, Ed. Orbe Libros, 2006, pág. 179                                                     

No hay comentarios:

Publicar un comentario